No obstante, Amaury sufría, y como su pesar te atormentaba a ti, no pudiste menos de consolarle con todo tu poder, transformándote, aunque de lejos, en hermana de la caridad de su enfermo espíritu. Después volviste a verle, y entonces fue más dolorosa y terrible que nunca la lucha que hubo de sostener tu alma. Por último, un día comprendiste que él también te amaba, y para resistir esta última prueba, para permanecer fiel hasta el fin a tus grandes quimeras de abnegación y de respeto a los muertos, pierdes tu vida, la das al primero que llega, buscas a Felipe para huir de Amaury; y sin hacer feliz al uno hieres mortalmente el corazón del otro, sin hablar de tu propio corazón, que también sacrificas y ofreces en holocausto.

Pero, por fortuna—continuó el doctor mirándoles alternativamente,—por fortuna me hallo todavía entre los dos para evitar los efectos de este recíproco engaño, para salvar a dos almas de su doble error gritándoles que se aman.

El padre de Magdalena hizo una pausa mirando primero a Amaury, sentado a su derecha, después a Antonia, sentada a su izquierda, ambos confundidos, con los ojos bajos y sin atreverse a dirigir sus miradas ni hacia él ni hacia ellos mismos. Sonriose y prosiguió diciendo con su bondad paternal.

—Hijos míos, no hay motivo para permanecer así delante de mí, mudos y cabizbajos, como quien se juzga culpable y demanda perdón. No; no hay que arrepentirse de amar; no, no se debe ofender a la muerta venerada, cuya tumba vemos desde aquí. En el Cielo, desde donde ahora nos contempla, desaparecen las miserables pasiones y los mezquinos celos, y su perdón es mucho más absoluto y menos personal que el mío; porque, si es preciso decir la verdad, Amaury, si es preciso abrirte el alma del hombre que aquí hace ahora de juez no te absuelvo tan fácilmente, sino con una especie de alegría vanidosa y de ávaro egoísmo.

Ciertamente, yo soy tan culpable y menos puro que tú, al decirme orgullosamente, como lo hago, que voy a ser el único en reunirme con mi hija. Virgen en la tierra, virgen en el Cielo, será de este modo exclusivamente mía y sabrá que yo la amaba mejor. Está mal hecho y no es justo—prosiguió como hablando para sí;—el padre es ya un anciano y el novio es joven. Yo he recorrido ya el camino de mi vida y puedo considerarme llegado al término de un viaje tan largo y tan doloroso mientras que los demás comienzan ahora su peregrinación al través de la existencia, vislumbrando en lo venidero lo que yo ya he tenido en lo pasado. A esa edad no se muere, sino que se vive de amor, por el contrario.

Así, pues, hijos míos, no hay que tener injustificados reparos, ni hay que luchar contra los propios intereses, ni empeñarse en ir contra las leyes de la Naturaleza, ni rebelarse contra Dios, que rige nuestro destino y nuestros actos. ¡Bastante hemos luchado, sufrido y expiado! Para ambos guarda amor y felicidad lo venidero, y yo bendigo ese amor en nombre de Magdalena. ¡He aquí mis brazos!

Al oír estas palabras los dos jóvenes deslizáronse de sus asientos y cayeron de hinojos a los pies del doctor, que poniendo las manos sobre sus cabezas, alzó los ojos al cielo brillándole de gozo la mirada mientras sus labios parecían murmurar una oración de gracias al Altísimo. Ellos, en tanto, con timidez y en voz baja se decían:

—¿Es cierto que me amaba usted hace ya tiempo, Antoñita?

—Así, pues, su amor ¿no era una ilusión, Amaury?

—¿No está usted viendo mi alegría?—exclamaba éste.