Te embriagaste allí con la presencia de la que era para ti el universo, y excitado por los celos, animado por la resistencia que tú mismo te oponías, iluminado por algún acontecimiento fortuito que tal vez en el momento en que ni siquiera lo sospechabas, ha alumbrado tus propios sentimientos, has leído con espanto en tu propio corazón, y convencido de que si continuabas luchando sucumbirías en la lucha, has tomado un partido extremo, una resolución desesperada; has venido, en fin, a pedirme la mano de Antoñita para Raúl.
—¿Mi mano para Raúl?—exclamó Antonia.
—Sí, para Raúl de Mengis, que sabías que ella no amaba, con la vaga esperanza tal vez, de que en el momento de que propusiera este casamiento, había de confesar que te amaba.
Amaury cubriose el rostro con las manos, y lanzó un gemido.
—Me parece que he hecho perfectamente la autopsia de tu corazón, y el análisis de tus sentimientos. Enorgullécete, Amaury, porque esos sentimientos son los de un joven honrado y tu corazón es hidalgo.
—¡Oh, padre mío, padre mío!—exclamó Amaury—en vano trataríamos de ocultarle algo: nada se escapa a su mirada que, como la de Dios, sondea los más secretos pliegues del alma.
—Por lo que atañe a ti, Antoñita—continuó el doctor,—ya es otra cosa. Tú amas a Amaury desde que le conociste.
—No hay por qué negarlo, hija mía—agregó, al ver que Antonia se estremecía e inclinaba la frente como tratando de ocultar su rubor.—Ese amor oculto ha sido siempre demasiado sublime y generoso para que te avergüences de él. Tú has sufrido mucho. Celosa e indignada contra ti misma por tus celos, hallaste una tortura y un remordimiento en lo que hay de más santo en el mundo, en un amor virginal.
Mucho has sufrido y sin un testigo de tu pena, sin un confidente de tus lágrimas, sin un sostén de tu debilidad que te gritase: «¡Animo! ¡eso que has hecho es grande y hermoso!»
Una persona, sin embargo, contemplaba, y admiraba tu heroico, silencio. Esa persona era tu anciano tío, que muchas veces ha sentido asomarse las lágrimas a sus ojos y ha abierto los brazos dejándoles caer luego con un suspiro; y hasta cuando Dios llamó a su rival... a tu hermana, quise decir (Antonia, hizo un movimiento), hasta entonces te reprendiste toda esperanza, como un delito.