—He podido contemplar dos corazones generosos, y me alegro de lo que pasa.

—Pero, ¿qué sucede?—preguntó temblando Antoñita.

—Sucede que Amaury te ama y que tú amas a Amaury.

Los dos lanzaron un grito de sorpresa, y quisieron levantarse.

—¡Tío mío!—dijo Antoñita.

—¡Señor!—exclamó el joven.

—Hay que dejar hablar al padre, al anciano, al moribundo—contestó el doctor con extraña solemnidad,—sin interrumpirle; y ya que estamos los tres reunidos como hace nueve meses en el momento en que Magdalena acababa de expirar, voy a trazar la historia de ese amor en este tiempo. He leído lo que tú has escrito, Amaury; he oído lo que tú has dicho, Antoñita. Todo lo he observado y estudiado bien en mi soledad y después de la vida agitada que Dios me ha dado, conozco no solamente las enfermedades, sino también las pasiones, que son dolores del alma: así es que repito (y ésta es una felicidad por lo cual me felicito), que es real y verdadero ese amor. Y para que no haya dudas voy a probarlo ahora mismo.

Los dos jóvenes permanecieron como petrificados. El doctor continuó:

—Amaury, tienes un corazón muy noble y un alma leal y sincera. A raíz de la muerte de mi hija, estabas firmemente resuelto a suicidarte y al marchar concebiste la esperanza de morir. En tus primeras cartas se veía un profundo hastío de la vida. Nada mirabas sino dentro de ti mismo, no fijabas la atención en lo que te rodeaba... Pero, después, poco a poco los objetos exteriores han acabado por interesarte, el don de admirar, el entusiasmo, que tiene raíces tan vivas en las almas de veinte años, han principiado a renacer y reverdecer en tu pecho.

Entonces te cansaste de la soledad y pensaste en lo venidero, tu naturaleza tierna ha llamado vagamente y sin darte tú cuenta de ello, al amor, y como eres de esos hombres en quienes los recuerdos ejercen un poder sin límites, la primera figura que ha aparecido en tus sueños, ha sido la de una amiga de tu infancia. Precisamente la voz de esta amiga era la única que llegó hasta ti durante el destierro, y como las palabras que decía eran dulces y seductoras, te dejaste arrastrar por tus secretas esperanzas; volviste a París, a ese mundo con el cual creías hace nueve meses haber roto para siempre.