Amaury se detuvo sin aliento.
—¿Para quién?—preguntó el doctor mientras Amaury se afirmaba en su resolución, dirigiendo una larga mirada hacia el cementerio.
—Para el vizconde Raúl de Mengis—dijo Amaury.
—Está bien—dijo el doctor.—La proposición es grave y merece tomarse en consideración.
Volviéndose en seguida exclamó:
—¡Antoñita!
Esta abrió tímidamente la puerta.
—Ven acá, hija mía—dijo alargándole una mano, mientras que con la otra obligaba a Amaury a permanecer en su asiento;—ven y siéntate aquí. Ahora dame tu mano; Amaury ya me ha dado la suya.
Antoñita obedeció.
El doctor miró con gran ternura a ambos, que mudos y trémulos aguardaban, y después besoles en la frente, diciendo: