LIII
Así que salió Antoñita, el señor de Avrigny llamó a Amaury en voz alta.
—Ven, hijo mío—díjole al verle entrar,—y dime tú también lo que tengas que decirme.
—En dos palabras voy a decirle a usted, no lo que me ha traído a verle, pues lo que me trae aquí es el deseo de aprovechar este único día que nos concede en un mes, sino el asunto de que tengo que hablarle...
—Habla, hijo mío, habla—dijo el doctor reconociendo en la voz de Amaury los mismos síntomas de turbación que ya había reconocido en la de Antonia.—Habla: te escucho con toda mi alma.
—Señor—continuó Amaury,—a pesar de mi juventud ha querido usted que le reemplace cerca de Antoñita; me ha nombrado, en fin, su segundo tutor.
—Sí, porque veía en ti una amistad de hermano para con ella.
—También me invitó a que buscase entre mis amigos algún joven noble y rico que fuese digno de ella.
—Es verdad.
—Pues bien—siguió diciendo Amaury;—después de haber pensado maduramente en el hombre que convenía a Antoñita por su nombre y su riqueza, acabo de pedir la mano de su sobrina para...