—¡Conque, Felipe Auvray!—repitió después de un momento de silencio.—¿A ése eliges entre todos los jóvenes que te rodean?
—Sí, tío; él será mi esposo—continuó Antoñita, bajando aún más la voz.
—Pero, si la memoria no me es infiel, tú has dicho muchas veces que no podían tomarse en serio sus pretensiones, y hasta se me figura que te tenían sin cuidado las torturas que le hacías sufrir con tus desdenes.
—Así es, tío mío; pero de entonces acá he cambiado de opinión, y esa constancia y esa abnegación de un amor sin esperanza me ha enternecido hasta tal punto que...
Antoñita se interrumpió como si tuviese que hacer un gran esfuerzo para acabar la frase, y por fin, dijo:
—...estoy decidida a ser su esposa.
—Está bien, Antoñita—dijo el señor de Avrigny, y puesto que ésta es tu resolución...
—Sí, padre mío, ésa es mi resolución inquebrantable—contestó la joven pugnando en vano por contener los sollozos que la ahogaban.
—Hágase tu voluntad, hija mía... Ahora, déjame un momento a solas para que entre Amaury, que también parece que tiene que decirme algo importante. Ya te llamaré después.
Y el doctor despidió a su sobrina estampando un prolongado beso en su frente virginal.