»¿Qué vale nuestra pena, si a costa de ella podemos darle la dicha?

»¿No lo hace así el propio Dios de cuyo amor inmenso participan también los que no le aman, Dios que no es otra cosa que un gran corazón paternal?

»Queda así, pues, decidido: dentro de tres meses Magdalena será la esposa de Amaury, a no ser que...

»¡Oh! ¡Dios mío! no me atrevo a proseguir...»

Así era en efecto. La pluma se le cayó de la mano, lanzó un profundo suspiro o inclinó la cabeza, presa de profundo abatimiento.

VI

Se abrió en esto la puerta del despacho para dar paso a una joven que se aproximó de puntillas al doctor y después de contemplarle un instante con melancólica expresión a la que no parecía habituado su semblante risueño, le dio en la espalda una palmada cariñosa.

El doctor se estremeció y levantó la cabeza.

—¡Cómo! ¡Antoñita! ¿eres tú?—exclamó.—¡Bien venida seas, hija mía!

—No sé si dirá usted eso mismo dentro de muy poco rato, tío.