—¡No puede ser!
—Tío—dijo la joven sonriendo tan melancólicamente que no se comprendía cómo podían sonreír así aquellos labios tan sonrosados—tío, no hay corazón impenetrable para los ojos de los que aman; yo que le quiero a usted he alcanzado a leer en el suyo.
—¿Y qué has visto en él?
Antonia miró a su tío e hizo un gesto de vacilación.
—¡Vamos! ¡habla!—ordenó el doctor.—¡No me martirices más con tus reticencias!
Antonia, acercando sus labios al oído de Avrigny le dijo en voz muy baja:
—Está usted celoso, tío.
—¿Yo?—exclamó el doctor.
—Sí—afirmó la joven—y esos celos llegan a hacerle obrar mal.
—¡Dios de bondad!—exclamó el doctor inclinando la cabeza con profundo abatimiento.—Yo creía que sólo Tú, con tu omnisciencia infinita, conocías mi secreto.