—Vamos, habla de una vez, tontuela. Ya sé yo que tu jovialidad encubre una inteligencia sesuda y grave y que tras de tu frivolidad aparente escóndese un carácter más prudente y razonable que el nuestro. Habla, pues, sin recelo, máxime si, como supongo, vienes a hablarme de mi hija...

—Sí, tío, precisamente vengo a hablarle a usted de Magdalena.

—¿Y qué tienes que decirme?

—Tengo que decirle, tío, mejor dicho, debo decirle a usted... perdóneme si soy tan atrevida, pero debo decirle que quiere demasiado a mi prima y acabará por matarla...

—¡Yo! ¡Matarla, yo! ¿Qué es lo que estás diciendo?

—Digo, tío, que su lirio, como usted la llama, es cosa muy frágil, muy delicada, y que combatido por dos amores a la vez no resistirá, sino que habrá de quebrarse.

—No te entiendo, Antoñita, si no te explicas mejor.

—Sí que me entiende usted, tío—dijo la joven rodeando con sus brazos el cuello de Avrigny.—¡Ya lo creo que me entiende!... Tan bien como yo le he comprendido.

—¿Pero estás loca, chiquilla?—exclamó el doctor, aterrado.—¿Que tú me has comprendido, dices?

—Sí, señor.