—¡Tío!... ¡Tío!...—exclamó Antoñita, como queriendo reconvenirle.
—Está bien, no hablemos de ello. Todo se hará como quieras, que en resumen es lo mismo que yo tenía en proyecto. Pero es necesario hacer que se explique Amaury, porque hemos podido equivocarnos... Si así fuera... Si no amase a Magdalena...
—No es posible equivocarse, tío, y usted está bien seguro de su amor... como también lo estoy yo.
Avrigny no replicó porque su convicción era la misma de su sobrina.
Se abrió de pronto la puerta del aposento y José, el ayuda de cámara del doctor, entró para anunciarle que el criado del conde Amaury de Leoville traía para él una carta de parte de su amo.
Avrigny y su sobrina cambiaron una mirada de inteligencia, pues los dos supusieron en el acto cuál sería el contenido de la misiva de Amaury.
El doctor dijo al criado:
—Venga la carta y di a Germán que espere un momento y podrá llevarse la respuesta.
Pocos instantes después tenía Avrigny la carta entre sus manos sin atreverse a abrirla.
—¡Valor, tío!—díjole Antoñita para darle ánimo.