Obedeció maquinalmente el doctor, abrió la carta y después de leerla de un tirón alargóla a su sobrina que con un gracioso ademán la rechazó y le dijo:

—¿Para qué, tío? ¡Si ya me imagino lo que dice!

—Tienes razón—asintió el padre de Magdalena, contestando a Antonia con las palabras de Hamlet a Polonio (Words, Words, Words):—¡Palabras, palabras, palabras!

—¿Sólo palabras ha visto usted en esa carta?—preguntó con viveza Antonia arrebatándosela y devorándola de una ojeada.

—Palabras solamente—replicó el doctor;—palabras con que esos artistas de la frase saben suplantarnos en el corazón de nuestras hijas que no tienen empacho en sacrificar a esa retórica huera el cariño que les profesamos.

—Tío—dijo con gravedad Antonia devolviéndole la carta;—créame usted: Amaury quiere a Magdalena con amor puro y sincero. Y yo, que he leído esta carta como usted, he visto algo más en ella y le respondo que la ha escrito con el corazón, no con el entendimiento.

—Entonces...

Antonia ofreció a su tío una pluma que él aceptó para escribir acto continuo:

«Querido Amaury: Ven a verme mañana. Te aguardaré a las once.

»Tu padre,