Esta frase dio fin a la conversación por aquel día.
Hace un mes próximamente asistí yo a una de estas reuniones. A última hora se había hablado ya de tantas cosas que, agotados los temas, vínose a tratar de amor. A la sazón, la conversación se había hecho general y entre los grupos cruzábanse algunas palabras sueltas.
—¿Quién habla por ahí de amor?—preguntó el conde de M...
—El doctor P...—contestó una voz.
—¡Ah! ¡Es curioso! ¿Y qué dice el doctor?
—Que el amor es una congestión cerebral de carácter benigno que se puede curar poniendo al enfermo a dieta, aplicándole sanguijuelas y usando de sangrías moderadas.
—¿Así opina usted, doctor?
—Claro que sí; por más que conceptúo preferible la posesión. Ese sí que es el remedio más eficaz.
—Está bien; pero supongamos que ésta no se consigue y que en tal trance no acudimos a usted, que ha hallado la panacea universal, sino a alguno de sus colegas, menos prácticos que usted en la terapéutica, y que le espetamos esta pregunta concreta: «¿Podemos morirnos de amor?»
—Eso no se pregunta a los médicos, sino a los enfermos—repuso el doctor.—Respondan ustedes, señoras, y ustedes también, caballeros.