Arduo por demás era el problema y, como no podía menos de esperarse, dividiéronse las opiniones. Los jóvenes, que creían tener sobrado tiempo para morir de desesperación, respondieron que sí; los viejos, cuya vida pendía ya de un ataque de gota o de un simple catarro, contestaron que no; las mujeres se limitaron a hacer un gesto de duda. Eran demasiado altivas para negar y sobrado sinceras para afirmar.

A todo esto empeñábanse todos en explicar sus votos respectivos; así, que no había manera de entenderse.

—¡Ea!—dijo el conde de M...—Yo voy a dilucidar la cuestión.

—¿Usted?

—Sí, señores, yo mismo.

—¿Cómo?

—Explicándoles a ustedes el amor que mata y el amor que no trunca la existencia.

—¿Así, pues, hay varios amores?—preguntó una mujer que era tal vez, de todas las presentes, la que menos debiera haber hecho tal pregunta.

—Sí, señora—respondió el conde.—Crea usted que costaría trabajo enumerarlos. Pero vamos al asunto. Aún no son las doce; de modo que disponemos de unas horas. Está cayendo una copiosa nevada; aquí nos calentamos ante un fuego magnífico, y ustedes forman un auditorio muy de mi gusto; conque, prepárense a oírme. ¡Augusto! Ordene usted que cierren bien las puertas y tráigame aquel manuscrito que usted sabe.

Obedeció el interpelado, que era el secretario del conde, joven amable y distinguido, del cual se susurraba que podía ser acreedor a un título más íntimo; y, a la verdad, el paternal cariño que el conde le mostraba parecía justificar esta creencia.