—Considere usted, papá, que no me encuentro bien sino en la cama. Mientras estoy levantada siento dolor o cansancio.
—¿Acaso te has sentido enferma estos días alguna vez, sin participármelo?
—No, papá; siempre me he encontrado bien. Luego, ya sabe usted que lo que me atormenta no puede calificarse propiamente de dolor, pues es un malestar sordo y febril, y aun no es continuo, porque me deja en paz algunos ratos. Ahora mismo estoy bien, no siento nada... Te tengo a mi lado y pronto veré a Amaury... Soy feliz y me encuentro muy a gusto.
—Mira: ahí tienes a Amaury.
—¿En dónde está?
—En el jardín, hablando con Antoñita. Por lo visto ha equivocado la hora—dijo sonriéndose el doctor;—yo le decía en mi carta que viniera a las once y él habrá leído con los ojos del deseo que la cita era a las diez.
—¡Que está con Antoñita en el jardín!—exclamó Magdalena incorporándose para mirar en aquella dirección.—Es cierto... ¡Papá, llama a Antoñita en seguida, por favor! Quiero vestirme y necesito su ayuda.
Avrigny se aproximó a la ventana y llamó a su sobrina.
Amaury, sorprendido, no queriendo que se notase en la casa su prematura llegada, se escondió rápidamente tras un grupo de árboles, creyendo que así no sería visto.
Poco después entró Antoñita en el dormitorio de Magdalena y el doctor se retiró mientras su hija se disponía a vestirse; y una hora más tarde Antoñita quedaba en el aposento en tanto que su prima y el doctor aguardaban a Amaury en el mismo saloncito donde ocurrió la escena de la víspera.