Un criado anunció al conde de Leoville y al entrar éste el doctor se adelantó a recibirle sonriente; Amaury le estrechó la mano con timidez y Avrigny, le condujo ante Magdalena, que le miraba asombrada.
—Hija mía—le dijo;—te presento a Amaury de Leoville, tu prometido. Amaury—añadió volviéndose hacia el joven,—he aquí a Magdalena de Avrigny, tu futura esposa.
Magdalena lanzó un grito de alegría y Amaury cayó de hinojos. Mas de pronto levantose porque acababa de ver que Magdalena vacilaba y estaba a punto de desplomarse.
El señor de Avrigny se apresuró a acercar una butaca en la que Magdalena se dejó caer más bien que se sentó, porque, en efecto, sentíase desfallecer por momentos. Tantas emociones trastornaban su espíritu aniquilando sus fuerzas, y para ella el gozo era casi tan peligroso como la pena.
Al volver a abrir los ojos vio a Amaury arrodillado junto a ella y a su padre estrechándola contra su pecho. Besaba el uno sus manos y el otro prodigábale cuidados, llamándola con los nombres más cariñosos. Su primer beso fue para su padre; su primera mirada fue para su prometido.
Los dos sintieron a un tiempo el torcedor de los celos.
—Querido Amaury—dijo el señor de Avrigny,—hoy eres mi prisionero y tenemos que pasar juntos el día haciendo proyectos, y forjando novelas... Digo, dando por supuesto que quieras admitir en tu intimidad, a un padre tan déspota como yo.
—Así, pues, padre mío (ya que ahora bien puedo llamarle así), su frialdad no reconoció otra causa que la que yo había supuesto: mi falta de franqueza con usted.
—Sí, Amaury; pero no hablemos ya de eso—repuso sonriéndose el doctor.—Te perdono tu disimulo si tú me perdonas a mí mi mal humor. Quedamos así en paz, ¿no te parece? Pensemos desde hoy solo en amarnos, ¡ingratos! Así lo exige mi condición de tirano implacable y desnaturalizado.
A tal punto habían llegado las cosas que únicamente faltaba fijar la época, en que había de celebrarse la boda.