—Digo—respondió Felipe sin abandonar su aire solemne,—que suplico a mi amigo y hermano Amaury, recordándole sus compromisos, que pida para mí la mano de...
—¿De Magdalena?
—Si.
—¿De Magdalena de Avrigny?
—Sí; de la hija de tu tutor.
—Pero ¿no estabas enamorado de Antoñita?
—¿Yo? ¡Ca, hombre!
—Así, pues, ¿amas a Magdalena?
—¡Claro está! Por eso vengo a pedirte...
—¡Calla, desgraciado! ¡Está de Dios que siempre llegues tarde! Yo también la amo.