—¿Qué dices? ¿Que tú la amas?
—Sí, y es el caso...
—¿Qué?...
—Que ayer mismo pedí y obtuve su mano.
—¿La mano de Magdalena?
—Sí: la mano de Magdalena.
Felipe se llevó las manos a las sienes como temiendo que su cabeza estallara; luego, aturdido, sin darse cuenta de sus actos, se levantó vacilante, tomó maquinalmente el sombrero y con paso de autómata salió sin despegar ya los labios, como si aquel golpe le hubiese dejado mudo.
Amaury, compadecido de su amigo, estuvo tentado a correr tras él para detenerle y prodígarle consuelos; pero en aquel instante oyó las diez y se acordó de que a las once le esperaba Magdalena.
XII
diario del doctor avrigny