—He querido hacer el tuyo y tú no lo has consentido.

—¿Quién te ha vestido?

—Yo.

—¿Y quién te ha peinado?

—Yo. ¿No ves que voy peinada como siempre?

—Es cierto—asintió Magdalena con amarga expresión.—Tu hermosura no necesita de adornos que la realcen.

—Oye, Magdalena,—repuso Antonia acercándose a su prima y deslizando en su oído estas palabras que Amaury no pudo oír:—Si por cualquier motivo no quieres que se me vea en el baile, dímelo francamente y me volveré a mi habitación.

—¿Y con qué derecho y por qué razón habría yo de privarte de ese gusto?—preguntó Magdalena en voz alta.

—Yo te juro que eso no constituye ningún gusto para mi.

—Pues, hija, yo creía—repuso con sequedad Magdalena—que todo aquello que para mí era una dicha lo era también para mi amiga y mi prima, para mi buena Antoñita.