—¿Necesito acaso el son de los instrumentos, el resplandor de las luces y el bullicio del baile para participar de tu dicha? No, Magdalena, no; yo te vuelvo a jurar que en la soledad de mi cuarto elevo mis preces al Altísimo y hago votos por tu felicidad como pudiera hacerlos en la fiesta más solemne. Esta noche, además, no me encuentro bien del todo; estoy algo indispuesta.

—¿Que estás indispuesta, tú, con tal brillo en esos ojos y tal animación en esa tez? ¿Pues cómo estaré yo entonces, con esta palidez en el rostro y este cansancio en los ojos?

—Señorita—dijo entonces la modista,—ya está arreglado el vestido.

—¿No querías que te ayudase?—preguntó Antonia con timidez.—¿Qué hacemos? Dime.

—Haz tú lo que te plazca—contestó la hija del doctor;—creo que no soy yo quien debo ordenarte nada. Puedes venir conmigo, si quieres; puedes quedarte con Amaury, si eso te agrada más.

Y así que hubo pronunciado estas palabras, abandonó la estancia para entrar en su tocador, haciendo un ademán de displicencia que no pasó inadvertido para Amaury de Leoville.

XVI

—Aquí estoy—dijo Antonia, siguiendo a Magdalena y cerrando tras sí la puerta del tocador.

—¿Qué le pasará hoy a Magdalena?—exclamó Amaury, exteriorizando su pensamiento en voz alta.

—Es que sufre—respondió alguien detrás de él.—Tantas y tan repetidas emociones le producen fiebre y la fiebre la trastorna.