Dejemos esto: oigo la campana de Bussieres que toca el Angelus; vale más rogar que escribir. Secaré mis lágrimas y diré, para mí sola, aquel rosario al cual mis pequeñuelas respondían siguiéndome otras veces, y que oirán hoy solamente los gorriones que se acuestan debajo de las hojas o en las grietas de las piedras. No, no, mil veces no, es un error perjudicial enternecerse, es preciso guardar las fuerzas para los deberes que estoy obligada a llenar; cuando se está sobre el borde de la tumba, las lágrimas, dice, no sé en qué parte, la Escritura, debilitan el corazón del hombre. ¡Hoy necesito del mío como en mis tiempos mejores!...

CXLII

Sigue a lo escrito, un pequeño volumen conteniendo detalles puramente domésticos, cuyo interés para nosotros disminuye en relación a las circunstancias a que se refiere. Todo ello termina con una página que parece un ¡adiós! a su manuscrito y que copio a continuación.

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¿Dios lo dispone así? ¡Hágase su santa voluntad! En resumen: toda sabiduría consiste en resignarse por adoración a su voluntad. Estoy muy ocupada en ordenar mis anteriores diarios, lo cual hace que vuelva a leerlos con interés. Esta lectura me llena cada día más de reconocimiento por todas las gracias que he recibido de Dios, y me arrepiento por haber adelantado tan poco en la piedad y el bien, después de las mejores intenciones y resoluciones que yo tomaba frecuentemente con escaso provecho. Pero aún es tiempo, que siempre lo tenemos mientras Dios nos deje la vida; aún es tiempo de aprovecharla para ganar el cielo; esto es lo que yo pido con toda mi alma al terminar este libro, rogándole derrame sobre mí y sobre todo cuanto me pertenece, sus espirituales bendiciones. En cuanto a las bendiciones temporales, ¿para qué he de pedírselas mientras no sean necesarias para el cielo? De todo corazón me entrego a ti, Dios mío, y gustosa acataré tus paternales decretos. ¡Dame tu bendición para mis hijos, y para mis amigas, para aquellos que me aman y a lo que yo tanto he amado en este valle de lágrimas!

Estas son las últimas palabras que mi madre escribió en la última página de su diario.

CXLIII

Esto es lo que resta aquí en la tierra del alma pura de aquella santa y encantadora mujer.

Lo demás está escrito en el alma de sus hijos, en las tradiciones de la humilde aldea en que vivió por espacio de cuarenta años, y en los recuerdos siempre sonrientes como ella, de aquella sociedad verdaderamente ática de Mâcón, donde su recuerdo cuenta tantos amigos como mujeres contemporáneas suyas existen.

El resto del manuscrito de nuestra madre no tiene interés ninguno para la tercera generación de sus descendientes; son bagatelas de su virtud. Cualquiera de los pequeñuelos de hoy, que sienta curiosidad de conocerlas, las encontrará escritas de su puño, entre los dieciocho pequeños cuadernos originales, que les trasmitiré tal como los he recibido, de un inventario de los afectos del corazón. Allí la encontrarán a ella, bajo las mil formas de la madre de los pobres, y de la mujer piadosa, derramando los más íntimos misterios de sus escrúpulos y de sus humillaciones ante Dios.