Aquí se encuentran los ardores y la ternura de su alma, en los ejercicios cotidianos, en el campo o al pie de su cama; allá las asistencias a las ceremonias religiosas, sus exámenes de conciencia la víspera de los días en que debía acercarse purificada a la mesa eucarística; acullá, las diarias y numerosas economías domésticas, hechas para ejercer la caridad que debía sostener con el trigo de sus graneros, el vino de sus viñas, los sarmientos de sus cepas, la leche de sus vacas y los huevos de su gallinero; los precios del pan, la manteca, el azúcar, las legumbres durante este o aquel mes del año; el cálculo continuado para reducir la frugalidad de la mesa a las escaceses de la cosecha, y para poder sufragar constantemente, sobre sus necesidades, la gran parte destinada a los pobres y los socorros furtivos que proporcionaba a su hijo; más lejos, se encuentran recetas cuidadosamente registradas y comentadas contra las enfermedades comunes a las gentes del campo: un tratado completo de medicina rural que ella ejercía a cualquier hora del día y en particular en la entrada de la casa de Milly, siempre llena (sobre todo por la mañana), de imposibilitados, viejos, mujeres y criaturas enfermas, que su fama de bondadosa y entendida atraía de más de veinte aldeas cercanas, y que venían como en romería a visitar aquella santa; en fin, están también allí las noches pasadas a la cabecera de sus hijos delicados o de los enfermos de la aldea, y las apuntaciones técnicas que tomaba durante sus horas de vela de los experimentos y cálculos que hacía sobre los síntomas, los accesos, los recrudecimientos de la fiebre, y las zozobras o esperanzas que producía la enfermedad en el paciente.
¡Cuántas veces, hasta las mismas sábanas de su cama, que tomaba de su armario y rasgaba a medida de la necesidad, servían para vendar las llagas del viejo indigente, que curaba ella con sus propias manos! Otras, venciendo con su pensamiento, toda repugnancia, de igual manera se acercaba al lecho de muerte, que servía las más débiles necesidades del enfermo, descollando siempre por el vigor de su fe, por la energía de su carácter, y por su gran fuerza de voluntad.
Y al terminar sus obras de caridad, lavadas sus hermosas manos, enjutos sus ojos de las lágrimas vertidas por males ajenos, cambiando su vestido de seda gris por otro elegante y sencillo, volvía otra vez entre la sociedad, suelto el espíritu, abierto el corazón, con la graciosa expresión de la dama discreta y sociable, animando las conversaciones, expansionando el corazón ajeno, llevándose con su serenidad las penas y sinsabores de las almas, como se lleva el viento tibio de la primavera entre sus torbellinos, las hojas secas de la noche para dejar en libertad de abrirse a los botones de las nuevas flores. Se la adoraba, sin que ella hubiese pensado jamás en hacerse adorar, en todas las irradiaciones de su carácter y de sus hechos. El rostro de los aldeanos que la veían pasar, acompañada de sus hijas, para ir al templo o viniendo de visitar sus chozas, tomaba una expresión tierna y grave a la par, como si fuera la imagen de la caridad la que pasaba por su lado.
Ella entonces estaba satisfecha; todos los acontecimientos de su vida parecían haber desfilado ante sus ojos, y un prolongado y apacible horizonte se extendía a su vista. La vejez robusta y varonil de su esposo iba venciendo sus enfermedades dolorosas, pero no mortales, viéndose que el Cielo le reservaba para más largos días que a los demás miembros de la familia, alcanzando en efecto, sin decadencia de corazón ni de espíritu, hasta la edad de noventa años. Su hijo, que había sido por mucho tiempo el tormento de su espíritu, se había ya vuelto juicioso; habiendo atravesado las tormentas de su primera juventud sin tocar aún el mediodía de la vida, calmado y satisfecho por un casamiento conforme a su corazón, viviendo en Italia, su país predilecto, por razón de su empleo en la diplomacia, en el lugar más risueño de Europa, satisfecho del rango secundario, pero honorífico que ocupaba; cubierto, además, antes de tiempo, de cierta aureola poética, que solamente refluía en el corazón de su madre, sin excitar la cólera de los envidiosos, estuvo en aquel entonces con licencia en París, llegando a ser nombrado (sin ningún género de intrigas), miembro de la Academia Francesa: gloria oficial de las letras que jamás le alucinó ni engañó a él, pero sí alucinó y engañó agradablemente el corazón de su anciano padre. Este, que se había acostumbrado a mirar desde su provincia el título de miembro de la Academia Francesa, no solamente como una especie de consagración de la gloria de un hombre, sino de una familia, como un sacramento de la fama legítima y contra la cual la posteridad no osaría protestar jamás, estaban en extremo satisfecho. Su madre gozábase, por fin, pudiendo decir a toda la familia de su marido: Ya estáis viendo cómo, eso que llamabais mis ilusiones de madre, no ha sido una quimera, como decíais vosotros; ya veis como yo tenía razón cuando os pedía paciencia y perdón por algunas ligerezas de aquel hijo querido, que ratifica por fin mi ternura honrando vuestro linaje.
Su hijo se ocupaba entonces en hacer el obligado discurso de recepción, que debía por la primera vez presentarle en aquella tribuna literaria, desde la cual ardía él en deseos de elevarse a su tiempo, a la tribuna política, blanco constante de todas sus aspiraciones.
El esperaba defender a la vez, siguiendo las huellas de M. de Serres y de M. Lainé, sus maestros y sus modelos, los Borbones, el ídolo de su padre, y la constitución liberal, satisfacción entonces de su espíritu. Quería él defender las instituciones y sus principios contra las reacciones de la monarquía y contra los impacientes de la república, cuyas aspiraciones habían de empezar a cumplirse después de la revolución de julio de 1830 y la de febrero de 1848, cuya hora no había sonado aún con el toque de rebato de aquellas dos ya expresadas revoluciones.
EPÍLOGO
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Nos encontramos a fines de otoño del año 1829.
Así en las esferas gubernamentales, como en los partidos políticos que ansían el poder, existe una pasión que con frecuencia degenera en odio de uno a otro bando. Efecto del delirio y la fiebre que domina los espíritus, la Francia se encuentra en continua zozobra.