El primer ministro, que lo era a la sazón el príncipe de Polignac, habíase propuesto hacer que yo fuese a París a ocupar la dirección de los Negocios extranjeros; continuamente recibía yo cartas amistosas en las que insistía en sus deseos; al fin, sucumbí, pero no para aceptar el cargo que se me ofrecía, sino para explicar franca y terminantemente los motivos que tenía para renunciar el empleo con tanta obstinación ofrecido.
Amaba yo al príncipe, es cierto, pero su política me hacía temblar; hubiera yo querido, cuando hablaba con él, separar a un lado el hombre, al otro el ministro divorciado de la opinión pública.
Bien claramente había yo manifestado, en mi discurso al ingresar en la Academia Francesa, mi resuelta oposición al golpe de Estado contra la Carta y los proyectos que el Gobierno había manifestado tener contra la libertad del pensamiento y contra la independencia que el pueblo debe poseer para elegir sus representantes.
No se esperaba de mí ciertamente aquel discurso político.
Los periódicos republicanos, orleanistas y bonapartistas que me acusaban de reaccionario, acogieron mis declaraciones con entusiasmo, y M. Lainé y M. Royer Collard reconocieron en ellas a su discípulo.
Al abandonar la sala del Instituto, ocupada aún por la inmensa muchedumbre que había concurrido a la recepción, mi antiguo amigo el duque de Rohan me salió al encuentro diciéndome al oído: «Abandonad toda esperanza con respecto al ascenso en vuestra carrera; habéis defraudado nuestras esperanzas y dado fuerza a nuestros enemigos políticos.» ¿Qué me importaban a mí los ascensos en mi carrera cuando veía vacilar a Carlos X en el trono, y al que deseaba separar del abismo que amenazaba tragárselo?
Había el príncipe de Polignac puesto en mí sus esperanzas, y me distinguía con una familiaridad política que acaso no mereciera. En las confidencias con este grande hombre, entreveía un alma real, un espíritu dispuesto ya para la emigración y un corazón alarmado por la conciencia.
Debo hacer constar en honor de Carlos X y del príncipe de Polignac, que las predicciones del duque de Rohan, no se realizaron. Estos personajes no me guardaron resentimiento alguno por mi discurso, y después de haber discutido conmigo larga e inútilmente sobre los motivos, poco fundados según ellos, de mi negativa y de la impremeditación de un golpe de Estado, me ofrecieron el empleo de ministro plenipotenciario en Grecia.
Ocurría esto, cuando la Europa fundaba sobre un pasajero entusiasmo aquella pujanza artificial, germen o ruina de no sé qué grandeza. Participaba yo entonces de la ilusión que todos los liberales tenían sobre los helenos, tan valientes en el combate, como disciplinados en el gobierno.
Las potencias occidentales habían designado para rey de Grecia, al príncipe de Cabourg, viudo de la princesa Carlota, heredera del trono de Inglaterra. Este príncipe se encontraba en París: yo le conocí en Italia durante el tiempo de su viudez, y adquirí con él una amistad tan íntima como sincera. El príncipe de Polignac me presentó a él y le indicó que yo era el francés más simpático a Grecia que, como ministro, podía ofrecerle.