Alegrábame yo de asistir con semejante título y en tan elevadas funciones, a la resurrección de aquel imperio, en el país de los grandes recuerdos y de participar como lord Byron, el heroico poeta, de resurrección tan gloriosa.

La justa previsión de que pudieran ocurrir en aquel renacimiento disturbios y decepciones de gran importancia, hizo que el rey designado se negara a aceptar las responsabilidades que pudieran sobrevenir, y que saliera de París una noche huyendo de su reino y de la felicidad que en él se le prometía.

Al día siguiente, cuando supimos lo ocurrido, apreciamos unánimemente aquella huida del siguiente modo: El príncipe de Cabourg no tiene cabeza suficiente para sostener esta corona; ocúpese la diplomacia en buscar otra frente y sea cauta en la elección para no verse burlada de nuevo. Así se hizo en efecto, y mientras esto ocurría, yo continué de ministro plenipotenciario en situación expectante, recibiendo del príncipe de Polignac cuantas distinciones eran compatibles con mi obstinado empeño de no tomar parte alguna en los trabajos del Gobierno.

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Entusiasmada mi madre por los rápidos ascensos obtenidos en mi carrera diplomática, por mi futuro destino en la hermosa capital de Atenas, y por mi elección para la Academia Francesa, no podía menos de sonreír ante la realización de sus aspiraciones de siempre, del sueño dorado de toda su vida.

Disponíame yo para ir a pasar a su lado el corto tiempo que creía permanecer en Francia, y me hallaba en París con el objeto de ir preparando los regalos que tenía por costumbre llevar a mi madre y a mis hermanas siempre que las visitaba, después de un largo tiempo de ausencia.

¡Pobre madre! ¡qué poco te daba en cambio de tantas privaciones como por mi causa habías sufrido; de las joyas que habías vendido o empeñado para satisfacer mis caprichos y mis viajes, o para ocultar mis faltas ante la severidad siempre justa de mi padre!

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Todo estaba dispuesto: los muebles todos que había en la habitación ocupada por mí en la fonda, estaban cubiertos de cajas, estuches, paquetes de tejidos diversos propios para vestidos, cofrecillos con sorpresas para mis hermanas, un pequeño bazar, en fin, que yo me complacía en mirar, mientras gozaba pensando en las exclamaciones de alegría y reconocimiento que había de oír en la humilde casita de mi madre. Yo me complacía anticipadamente en las sinceras demostraciones de cariño y de satisfacción que había de recibir en su presencia.

Un día (séame permitido no consignar la fecha), entraba yo en el hotel de***, con mi cabriolé atestado de cajitas y muebles propios para el uso femenino; estaba alegre y satisfecho ante la idea de que había de partir al siguiente día; al saltar del estribo y poner el pie sobre la primera grada del vestíbulo observé, que, junto a la habitación del portero, se hallaba mi buen amigo, el verdadero hermano de mi alma, el conde Aymon de Virieu: parecía que la Providencia había destinado a este hombre para que compartiera conmigo la vida.