Juntos habíamos cursado nuestros estudios; disfrutado de las mismas alegrías en las casas de campo de ambas familias; seguido las mismas rutas en nuestras excursiones, idénticas relaciones sociales, y últimamente pertenecíamos los dos al cuerpo diplomático.
Al día siguiente, debía él también salir de París con destino a Alemania, y por esta razón habíamos acordado comer juntos y pasar la velada en mi habitación, con objeto de poder prolongar así nuestra conversación y despedirnos con entera libertad.
Cuando al descender de mi carruaje me disponía a estrechar su mano, noté en su expresiva fisonomía una palidez y una consternación que me dejaron suspenso por unos instantes; sus ojos, siempre alegres y que parecían iluminados por dos chispas salidas de su espíritu un tanto sarcástico, aparecían por vez primera velados por una nube de tristeza.
Después que hubo contestado a mi alegre mirada con otra del mismo género, sus ojos procuraron no encontrarse con los míos, y entonces pude observar bien la tristeza, el recelo y el inexplicable temor de que estaba poseído. Parecía que aquella tristeza aumentaba al verme a mí tan tranquilo y satisfecho; mi calma, sobre todo, le mortificaba horriblemente; quería censurar mi felicidad sin haberme él dicho antes el motivo por el cual debiera estar yo triste.
De pronto, desapareció de mis ojos la alegría, y huyó la sonrisa de mis labios: «Entremos en tu cuarto—me dijo con voz entrecortada;—necesito hablarte de cosas muy tristes, y darte noticias muy poco agradables. Procura tener valor para oírme, concentra todas tus fuerzas morales: subamos.»
Conducido maquinalmente por mi amigo, subí la escalera y llegué hasta mi cuarto: el golpe recibido en medio del corazón me había aturdido; ya en la habitación, me senté sobre el borde de mi cama; mi pobre perro saltaba de alegría al verme; ignoraba el fiel animalito el por qué sus caricias, siempre contestadas con cariño, eran entonces esquivadas con rudeza.
«Habla—le dije a mi amigo Virieu, ocultando el rostro entre ambas manos y preparándome a recibir el golpe fatal.—Habla—repetí,—que este silencio es para mí el peor de los suplicios.»
Entonces, usando de todos los miramientos, vacilaciones y rodeos, tímidos unas veces, enérgicos otras, propios del hombre encargado de dar una noticia inesperada y triste que ha de herir el corazón, me dijo, recibiéndome en sus brazos: «¡Ya no tienes madre!» Me pareció que el suelo se hundía bajo mis pies, que mi existencia vacilaba por encontrarse sin base; mi alma elevose rápidamente al cielo como queriendo buscar la de aquélla que fue vida de mi vida aquí en la tierra. ¡Jamás hubiera creído que pudiese vivir sin ella un solo día! La idea de la eterna separación, jamás se me había presentado sino allí lejos, y aun dulcificada por la brevedad del tiempo que yo mismo debo permanecer en este mundo. Yo la había visto tan hermosa y llena de vida, que parecía alentar en lo mejor de su edad, y de súbito, me dicen que ha desaparecido de mi vista para siempre: y precisamente cuando me preparaba a recibirla en mis brazos, cuando iba a proporcionarle la dicha de tenerme a su lado, después de haber cumplido a satisfacción mis deberes de hijo... ¡Ah!... ¡La separación era un hecho y un hecho terrible porque ni siquiera pude despedirme de ella! ¡Cuánto sufrí en aquellos días! Por la mañana alimentaban mi vida dos corazones, y por la tarde sólo me quedaba uno para llorar y gemir.
Mi desesperación llegó a ser mayor por encontrarme en París solo. La que hubiera podido tomar una parte casi igual en mi dolor mezclando sus lágrimas con las mías no se encontraba conmigo. ¡Yo solo en el vacío! Sin esposa, sin hijos y sin madre. La suerte me deparó a un fiel amigo que cubrió con su ternura aquel abismo de luto y de lamentos; acaso sin él me hubiese precipitado en aquella horrible negrura.
Durante toda la noche, permanecí anonadado, no pude conciliar el sueño y me acosté vestido. Aun recuerdo aquella noche cuyos minutos tengo todavía presentes uno a uno, como si el tiempo no hubiera transcurrido desde entonces, que pasé arrancando al sensible corazón de mi amigo, los detalles todos de aquella muerte, más sentida por haber ocurrido tan inesperadamente. Estos detalles los recuerdo perfectamente, pues quedaron grabados en mi imaginación de tal suerte que pudiera recitarlos con muy poca diferencia, tal como salieron de los labios de mi amigo. M. Virieu, no se separó de mi lado hasta que amaneció: llegada esta hora, se marchó a preparar lo necesario para mi partida a Mâcón. ¡Triste de mí! Ya era demasiado tarde; ya no podría abrazar, antes de encerrarlos en el sepulcro, los restos queridos de aquella mujer que durante nueve meses me había llevado en sus entrañas, y en su corazón hasta el último instante de su vida.