He aquí lo que mi amigo me contó acerca de aquella muerte; esta relación está aumentada con las noticias que después adquirí, y que me facilitaron los parientes y los amigos que presenciaron aquella horrorosa y a la par dulce agonía de mi madre.

Llena de impaciencia y de alegría, esperaba diariamente mi llegada. Mi elevación a la Academia, mi nombramiento de ministro de Grecia, y las emociones que por otras causas sufriera, habían, al parecer, enardecido ligeramente su sangre.

Era el 27 de noviembre; después de haber oído misa, se dirigió desde la iglesia a los baños que había en el hospital y que estaban servidos por hermanas de la Caridad. Mientras le preparaban el baño, estuvo hablando con la superiora de asuntos religiosos: esta conversación la sostuvo con la jovialidad y la gracia propias de su juventud.

Cuando la bañera estuvo dispuesta, mi madre entró en la celda sin acompañamiento alguno, siguiendo la costumbre adquirida en el capítulo, costumbre que siempre había conservado; nunca empleó camarera para su servicio particular; sola se vestía, se desnudaba y apagaba la luz al acostarse, en memoria (según ella decía), de la humildad y de la pobreza de los primeros cristianos.

No hacía mucho que se hallaba en el baño, cuando la superiora, que atravesaba el corredor en el cual estaban los cuartos de baño, creyó oír gritos y gemidos ahogados cada vez más apagados. Inmediatamente la superiora entró en la celda que mi madre ocupaba, y vio que el agua caliente se derramaba por el suelo rebosando del baño; la espita abierta, lanzaba a borbotones sobre el cuerpo desnudo de mi madre, aquel hirviente líquido, parecido a un manantial de fuego, que abrasándole pecho y espaldas la había privado del conocimiento. La propia superiora y una sirviente, la separaron de la bañera.

Indudablemente ocurrió, que deseando refrescar el baño, debió abrir por equivocación el grifo del agua caliente, y que aquel ardiente chorro hirió de pronto su pecho y sus manos sin darle tiempo para cerrar la espita. Después de un buen rato volvió al conocimiento, y entonces abrazó a la superiora, quien también se encontraba herida de la mano y del brazo; efecto de las quemaduras. Vuelta al conocimiento, acostáronla sobre uno de los colchones del hospicio; en esta posición, la trasladaron a su casa en brazos de cuatro mujeres pobres, de aquellas incurables que ella había, en otro tiempo, auxiliado con alimentos, ropas y medicinas, y curado las llagas con sus propias manos.

Pronto el rumor de la desgracia ocurrida habíase extendido por la ciudad, y las gentes madrugadoras, o sea las sirvientes y las mujeres devotas que salían del templo, la siguieron llorando y rezando en voz alta hasta la puerta de su casa.

Al ver la dolorosa impresión que esta desgracia produjo en los habitantes de la ciudad, hubiérase dicho que cada uno de ellos había perdido a su madre como yo a la mía.

A los médicos no les pareció mortal el accidente, pero cuando se levantaron las vendas de la primera cura, el mal apareció con toda la gravedad que revestía.

Después de la fiebre, el delirio; pero un delirio especial, una especie de sueño dulce y sonriente como su carácter mismo.