Había momentos en que parecía dejar su desvanecimiento, para dar las gracias a las buenas mujeres que la servían y para alentar a nuestro pobre padre, que permanecía a la cabecera del lecho, aterrado completamente por el terrible golpe que acababa de recibir.
En aquella angustiosa situación, no cesaba de entregar las afecciones de su alma a las personas a quien amaba y, especialmente, a Dios, con el que quiso unirse por medio del Sacramento de la Eucaristía, tomando, según su creencia, anticipada posesión de la Divinidad, o al contrario, posesionándose la Divinidad de su persona. Entonces, inflamado su hermoso rostro por el calor que da la convicción y beatificado por aquella unión mística, iluminaba la beatificación, más que los cirios que los pobres niños del hospicio sostenían en sus tiernas manecitas mientras permanecían arrodillados en torno del lecho.
Después de la ceremonia religiosa, quedose profundamente dormida, y esto hizo creer a los que la rodeaban que la mejoría se había iniciado; pero, ¡falsa creencia!... Su despertar fue el último, porque momentos después, exhaló el postrer suspiro, tranquila y sonriente.
La mujer que la asistió durante su agonía, me ha repetido después, una por una, todas aquellas palabras que pronunció continuamente: «Esposo mío... Hijos míos... Alfonso, Mariana, Cecilia, Eugenia, Sofía, Dios os bendiga. ¿Por qué no venís aquí para bendeciros yo también? ¡Alfonso! Pobre hijo mío... ¡Qué disgusto tendrás por no haber podido estar a mi lado en este trance supremo!... Dirás a todos que no sufro... Que ya estoy en un lugar delicioso, desde el cual veo el cielo desde donde bendicen a mis hijos...»
Después, sus labios sonreían dulcemente, balbuceaba algunas palabras y nuevamente quedaba rendida por la fatiga. Así pasó toda la noche: y al amanecer, en un momento de lucidez, dijo:—«¡Qué dichosa soy, Dios mío! ¡Oh! ¡Qué dichosa, qué dichosa!... No me había engañado, no, ahora lo comprendo, cuánta felicidad...» Y al terminar esta frase, entregó su alma a Dios.
*
* *
Tal fue su muerte, palabra por palabra. Todos los testigos viven aún para repetirlo, excepto nuestro padre y la pobre Filiberta, quien al perder a su señora perdió también las ganas de vivir, y no existió luego sino el tiempo indispensable para continuar con su señor los servicios que había prestado a nuestra madre por cariño solamente. ¡Oh! ¡Este lazo de la domesticidad es un noble y santo cambio entre el criado que se une por amor a la familia, que retribuye, en cambio, sus servicios con reconocimiento, ternura e igualdad ante el corazón! Este parentesco de condiciones sobre la tierra, puede ser desigual por la fortuna, pero se nivela siempre, cuando existe, por el cariño.
Tres días habían transcurrido desde que yo perdí a mi madre, cuando llegué a Mâcón para ver, al menos, su querido rostro bajo el sudario. Acompañábame un buen amigo verdadero «Samaritano», quien se encontraba siempre allí en todas mis horas de dolor: Amadeo de Perseval, que yo nombro, aunque ya se le alude en el manuscrito, por haberse consagrado piadosamente a nuestra madre, y que había pretendido contarse en el número de sus hijos. Sin embargo de no ser así, fue por bastante tiempo estimado como tal.
El ataúd reposaba ya bajo montes de nieve dentro la tierra helada del cementerio de la ciudad. Durante la ausencia de mi pobre padre, arrancado casi moribundo de su casa, en el momento de morir mi madre, y ausentes además sus hijos, se olvidaron de que la difunta había manifestado varias veces su preferencia por el cementerio de Saint-Point, a la sombra de la pequeña iglesia de la aldea, en aquel valle tranquilo y delicioso donde gustaba tanto su piedad de recogerse durante sus residencias veraniegas. No encontré para besar más que las crudas tablas de su vacío lecho de muerte, el suelo de su cuarto, el umbral de la puerta por la que su ataúd había pasado al salir entre los tristes ecos de llanto general de la población, para ir a descansar en el campo de la muerte. De súbito, rebelose mi corazón por la idea de un deseo no cumplido de aquella santa mujer después de su transfiguración, e igualmente contra la idea de no poder ver aquellos sagrados restos más que al través de la multitud de muertos desconocidos o indiferentes. Resolví, pues, ya que todavía era tiempo, reparar, en lo que dependiese de mí, aquella negligencia que me demandaba una secreta voz, exhumando aquellos restos para conducirlos al lugar de su predilección. Creía yo que la eterna distancia había de acortarse entre aquella alma y la mía si sus restos descansaban a la sombra de nuestra morada, en el vecino cementerio junto a la iglesia de Saint-Point. Si he de decirlo todo, había también en aquella pretendida exhumación un pretexto para aprovechar la ocasión de mirar por última vez aquel rostro querido, antes de que se volviera polvo con el transcurso del tiempo.
El ataúd no tenía signo distintivo de ninguna especie que le diferenciase de los demás, así como tampoco había el sepulturero señalado el sitio donde se hallaba sepultada mi madre; debía ser abierta nuevamente la fosa, a fin de asegurar que nuestra piadosa intención no fuese burlada, y no nos llevásemos unos restos desconocidos en lugar de los de mi madre.