¡Olvidemos aquellos lúgubres detalles! Durante la noche se realizó todo como era mi deseo. Separose la nieve amontonada sobre el surco de la muerte, y encontramos a tientas, entre otros, el ataúd que buscábamos. Filiberta, que era quien había amortajado a su querida señora, la reconoció. Ella misma abrió el ataúd a la luz de unos cirios para que pudiera yo entrever aquel rostro dormido. Era mi madre en toda su belleza, menos la de los ojos, pero flotando su mirada al través de la eternidad; mis labios tocaron con cariño y horror aquella frente, ¡aquel ataúd, al volverse a cerrar, guardaba ya mis lágrimas! Yo velé solo, y después con Filiberta, esperando la hora de la noche en la cual los aldeanos de Milly debían ir llegando uno a uno y sin ruido, para llevar sobre sus hombros, a través de cuatro horas de marcha, el cuerpo de su señora. Al punto emprendimos a pie nuestro camino, sobre una inmensa y gruesa sábana de nieve helada, al través del prolongado arrabal que va de la ciudad a las primeras colinas de nuestro horizonte de montañas. Aquel lúgubre cortejo estaba rigurosamente limitado a mí, ¡a mí únicamente entre todos los miembros de la familia!... a los quinteros y cultivadores de las tierras de Milly y a las mujeres y niños de aquellos buenos hombres, que bajo sus pobres vestidos de luto habían creído, por derecho de ternura, poder seguir al jefe de la familia, prolongando sobre el camino la negra fila de plañideras cuyas lágrimas no era preciso comprar. Ni una voz, ni un cuchicheo salió, durante el largo trayecto, de aquella multitud. Nada se oía sobre la endurecida nieve, más que el chocar de los zuecos de madera de las mujeres que llevaban a sus hijos de la mano y, de cuando en cuando, el ruido sordo y cavernoso del ataúd de encina, recibiendo una ligera sacudida, al cambiar de sitio sobre los hombros de los portadores que se relevaban a porfía bajo la carga para nosotros sagrada.

A dos horas y media de camino de la ciudad, dejamos la carretera principal, para internarnos por una senda empedrada de témpanos, que sigue la empinada colina que conduce al pueblo de Milly. En todas las casas sus moradores estaban en vela y esperándonos; veíase en el umbral de todas las chozas, algún viejo o algún niño teniendo en la mano un velón de cobre, alumbrando temblorosos sus rostros pálidos y llenos de lágrimas, tiritando de frío en aquella helada noche de diciembre.

Al llegar al patio de la casa, los portadores, seguidos de toda la gente de la aldea, subieron las cinco gradas de piedra, colocando a la entrada el ataúd; allí mismo, donde ella tenía costumbre de recibir todas las mañanas a los pobres y a los enfermos, distribuyendo alimentos, caldo, medicinas, ungüentos, trapos y vestidos, curando de rodillas las llagas de los heridos. Aquellos mismos bancos de nogal, sobre los cuales extendían sus piernas deformes o mutiladas, los pobres heridos o enfermos, servían en aquel entonces para sostener el ataúd. Así, puede decirse, que aun después de muerta se apoyó sobre los propios instrumentos de su caridad. Un llanto general surgió en aquel momento de los mil comprimidos corazones de todo aquel pueblo de aldeanos.

Cada uno de ellos se iba acercando a la pila de agua bendita de su lecho, para mojar una rama de boj y esparcir aquella agua, mezclada con sus lágrimas, sobre el ataúd. Durante esta parada, bajo el modesto techo de su juventud y de sus amores, retiréme, yo solo, dentro de su cuarto, sumergiendo mi rostro entre las almohadas de aquel lecho vacío, desde donde escuchaba el prolongado choque de los zuecos de los hombres y mujeres que subían y bajaban sin cesar, las gradas de piedra de la entrada, para ir a su turno a arrodillarse y orar junto al vestíbulo. Así estuvimos esperando los primeros resplandores del alba, antes de emprender nuestra ruta por los elevados desfiladeros de la montaña, cubierta de nieve en polvo, revuelta por el viento norte, allanando los senderos y llenando los surcos. Aquellos senderos podían resultar por la noche peligrosos para el reducido cortejo que debía trasladar el cuerpo, desde la casa de Milly, al cementerio de Saint-Point.

Tan luego el alba apareció por las lejanas cumbres de los Alpes, volvimos a emprender nuestra marcha, escoltados hasta la altura de la primera colina que domina el jardín y las viñas, por todos los habitantes de la aldea. Nos despedimos de toda aquella gente, a la que parecía que arrancábamos su providencia, a la entrada del valle, internándonos nosotros con un pequeño grupo de ocho aldeanos vigorosos, por el escabroso y estrecho desfiladero que sube hasta el pico de aquellas montañas llamado «La cruz de las señales.»

Iban delante cuatro hombres explorando el camino y separando la nieve, y otros cuatro conducían el féretro. Yo seguía solo a mi madre, por las huellas que mis conductores dejaban sobre la nieve que en algunos puntos nos llegaba hasta la rodilla. Sólo el silbido producido por el viento norte se dejaba oír en aquellas soledades. Dos pajaritos extraviados, tiritando de frío, sin ver ningún punto sólido en que posarse, vinieron a descansar un momento sobre el paño de luto que cubría el féretro y que los portadores habían dejado en la saliente de una torrentera, mientras rompían con su cuchillo la nieve helada en sus zuecos de madera. ¡No sé por qué aquellos pobres pájaros extraviados, buscando asilo y socorro sobre un ataúd, me hicieron derramar lágrimas abundantes! ¡Aquello me recordó, sin duda, cuántas miserias y cuántas tristezas habían encontrado asilo en aquel corazón mientras tuvo vida! Los tristes pajarillos gorjearon durante algunos minutos uno o dos trinos plañideros, emprendiendo luego el vuelo hacia la parte de Saint-Point, delante de nosotros. Pensé en aquel momento en las dos almas de Cesarina y Susana, llegando a figurarme que habían venido bajo aquel símbolo alado, para recoger la de su madre, precediéndola en el lugar de su descanso eterno. ¡Cómo se explica uno las supersticiones del corazón cuando se encuentra éste emocionado y lejos de la influencia de la razón! Hay momentos en los que todo hombre es mujer, en los que toda virilidad es apagada por las lágrimas.

Nuestro viaje, cuya distancia se recorre durante la primavera en un par de horas, duró siete, en medio de aquel océano de nieve, cuyas grandes oleadas parecía que iban a tragarnos a cada instante. Había sitios entre las torrenteras, tan profundos y peligrosos, y en los cuales sólo nos guiábamos por los negros y gigantescos esqueletos de los castaños inclinados sobre el abismo, que en ellos nos hubiéramos precipitado y perecido, sin la destreza y el vigor de los sufridos aldeanos de Milly.

El peso de su preciosa carga les infundía sin duda confianza y valor. Llegábamos a Saint-Point al caer de la tarde. Depositamos (como habíamos hecho en Milly), el ataúd en el cuarto y sobre el lecho de mi madre, el cual, después de algunos años, vino a ser el mío. Yo me encerré en un aposento que une al gabinete con el dormitorio, y extendiendo un colchón sobre el suelo, empecé allí la vela, teniendo abierta la puertecilla de comunicación: era la postrera noche que aquellos sagrados restos debían pasar bajo su antiguo techo. ¡No sé por qué me figuraba yo que prolongaba su presencia a mi lado al prolongar yo al suyo mi vigilancia! ¡Sólo Dios sabe las lágrimas, las invocaciones, las bendiciones y revelaciones de aquella noche! Falto de fuerzas, me quedé dormido al amanecer, cuando la campana llamaba ya las gentes de los lejanos caseríos situado en las dos altas cadenas de montañas, a la ceremonia de la segunda sepultura. No fue ésta todavía su sepultura última, porque por una extraña coincidencia de circunstancias no premeditadas, parecía que la tierra tomaba, devolviendo y volviendo a tomar a su vez, aquellos restos tan venerados y queridos, que parecía no haber medio de desasirnos de ellos, disputándolos hasta la misma tumba. Al dirigir sus miradas desde la ventana, sobre las dos inmensas pendientes de nieve que formaban el valle, pude observar cómo descendían unas como nubes negras por ambas pendientes, dirigiéndose a la iglesia y al castillo; aquellas manchas eran formadas por la agrupación de cuantas gentes viven en aquellas colinas. Toda la comarca congregada en duelo, enviaba, en alas del viento, un prolongado y general gemido.

Nada había dispuesto en el cementerio para una sepultura definitiva. La muerte nos había sorprendido sin tumba. Si a nuestra madre se le hubiese consultado (como se consultó después a nuestro padre), sobre el modo y el lugar de su reposo eterno, su humildad y su desprendimiento por cuidados semejantes, la hubieran, sin duda alguna, hecho pedir en su testamento el sitio que los pobres ocupan en la fosa común. Pero no tuvo tiempo de hacerlo; solamente había indicado vagamente alguna vez el deseo de ser enterrada en Saint-Point. Yo no podía decidirme a dejar perder por mí, por mis hermanas y por la innumerable familia de aldeanos, tan parientes por el corazón como nosotros por la sangre, el vestigio de aquellas venerables reliquias bajo un poco de hierba o de musgo roído continuamente por los carneros en el cementerio de la aldea. Era indispensable para semejantes reliquias un relicario adecuado. Determiné, por lo tanto, elevar un modesto panteón de familia donde poder reunirnos, si Dios quiere dejarnos morir, donde juntos habíamos vivido, sufrido y amado tanto.

El sitio y la disposición del jardín de Saint-Point se prestaban perfectamente a la realización de mi idea. Hay una colina elevada, como el pedestal de un templo antiguo, en medio del valle que conduce a la iglesia y al castillo. La iglesia está situada en el terraplén y dentro del recinto el castillo, lo cual indica a primera vista haber sido en otros tiempos una dependencia y que, durante las pasadas edades, no era otra cosa que la capilla de la mansión feudal. Hoy día, los jardines de aquella mansión no están separados del rústico cementerio más que por una cerca de bosques y avellanos y por algunos viejos nogales, cuyas nueces, a merced de los pastores, como de todo el mundo, caen sobre las tumbas de los muertos. Los negros muros y el romántico campanario de la iglesia, unen en verano el umbrío fresco de su sombra a la sombra de la cerca de avellanos, dando a aquella parte del jardín un aspecto especial de oscuridad y recogimiento como la melancolía de un santuario. Este era el lugar predilecto de nuestra madre durante las cálidas horas del mediodía en la estación de las recolecciones. Veíala yo desde las ventanas de mi cuarto, sentada, con el libro o el rosario en la mano, sobre un poyo de madera adosado a un cerezo que domina el zarzal, cuyas negras ramas, cuajados de fruto, se inclinaban sobre su cabeza.