En medio de mi desesperación, experimentaba yo un dulce consuelo pensando en que mi madre iba a descansar para siempre en aquel lugar de su predilección en vida; en la misma sombra y bajo el mismo césped cubierto de hierba, de hojas y de frutos; en aquel jardín donde tantas veces había rezado, leído o meditado sobre el porvenir de sus hijos.
Acordé construir allí mismo y sobre un terreno de propiedad particular el sepulcro que había de ser en lo sucesivo el objeto más estimado por nosotros. Pero como nadie puede responder hoy de inmovilizar ninguna propiedad, aunque se trate de la sepultura de una familia, y como la adversidad puede traspasar una tumba, lo mismo que otra propiedad cualquiera, de una familia a otra, me asusta el caso de que puedan entrar un día los acreedores u otras personas indiferentes en posesión del castillo y de sus jardines, y no quiero yo, de ninguna manera, que nuestros hijos ni nuestros nietos resulten desposeídos por expropiación o venta, de los restos de una madre como de una cosa mundana y sin importancia, pasando el mejor día de mano en mano. Semejante profanación, próxima o lejana, llenaba de escrúpulos mi corazón. Medité, pues, y resolví luego lo que cumplí más tarde y fue: hacer donación al pueblo de la parte de nuestro jardín sobre el cual se elevara el sepulcro, con la obligación de impedir la profanación o la enajenación de ellos; y porque esta carga no resultase jamás onerosa a la parroquia, yo me encargaba en cambio de concederle sobre la colina, al lado de la iglesia, el terreno para construir una casa rectoral que le hacía falta. Encargándome yo mismo de costear el edificio. Esta ley no podía ser negada por el Municipio: aceptó el contrato tan ventajoso para él y que yo le propuse, y fueron a su tiempo firmadas las concesiones sin dificultad alguna.
No queriendo yo que durante mi vida o la de las personas de la misma sangre que después que yo poseyeran aquella morada, el sepulcro, enclavado igualmente dentro del cementerio y del jardín, fuese substraído a nuestros ojos y a nuestro culto doméstico, proyecté (y puse en práctica este proyecto en el más breve tiempo), un simple muro a la altura conveniente, tapizado de hiedra, al objeto de que dicho muro sirviese de límite entre el jardín y el cementerio, y que también nos permitiese apoyarnos desde dentro sobre el sepulcro y elevar nuestras recuerdos, nuestras oraciones y nuestras lágrimas sin ser vistos de nadie. Durante aquella lúgubre noche, junto al féretro, del que por la mañana debía separarme, el instinto de ternura que residía en mí ante la última separación, me hizo concebir y combinar maquinalmente la creación de semejante sepultura; ya había yo empezado a entreverla allá en Mâcón, y ya había también obtenido del Gobierno autorización de colocar el ataúd bajo las losas de la iglesia, dentro de la vasta sepultura de los antiguos señores de Saint-Point, de la ilustre casa de los Rochefort. ¡Cuánto yo hubiera dado entonces para que el milagro que se produjo un siglo antes en aquella misma sepultura, se hubiese reproducido ante mi vista y la de mi padre!
He aquí lo sucedido: Una joven marquesa de Saint-Point, a la que se creyó muerta a causa de un prolongado desvanecimiento, acababa de ser enterrada en una fosa abierta en la bóveda de la sepultura; ya la piedra que debía cerrarse bajo los pies del sacerdote estaba colocada sobre el sepulcro. La noche del enterramiento, al bajar el campanero de tocar el Angelus, le pareció oír gemidos bajo las losas sepulcrales. Lleno de espanto fuese en seguida el campanero a dar cuenta a las gentes del castillo de lo que había oído. Acudieron inmediatamente así el marido como sus desconsolados deudos y sirvientes y oyeron en verdad la voz subterránea. Levantose la piedra sellada desde la mañana, bajose a la tumba y encontrose viva a la que creían muerta. Volviéronla en brazos de todos y trocado el llanto en regocijo a su morada; y la joven y bella condesa dio prolongados años de felicidad a su esposo antes de descender, verdaderamente muerta, al sepulcro.
Yo había oído contar frecuentemente durante mi niñez al mismo campanero y a su vieja esposa semejante milagro, del que habían sido testigos y del cual se acordaban como ellos, los viejos. Pero ¡ay! ¡no se repiten los prodigios tan fácilmente!
Al despertar el alba, fue transportado el ataúd de su lecho a la iglesia; seguidos por el llanto y el duelo de doce aldeas, atravesaron los restos de mi madre el jardín por el mismo sendero de los avellanos, donde yo había visto frecuentemente volver de la iglesia a aquella virtuosa mujer, radiante o compungido su rostro de dicha y de piedad. Mis propias manos ayudaron a bajar y colocar el cuerpo de mi madre en su eterna mansión.
Después de esta triste operación, me dirigí solo a la casa y me encerré en mi cuarto. Las lágrimas tienen su pudor como tantos otros sentimientos encerrados en lo más profundo del alma humana. Me dejé caer sobre una silla, la mano derecha sobre la cabeza y fijos los ojos en la iglesia, oía involuntariamente el toque melancólico de la campana, de cuyas vibraciones tanto gustaba, y que, llorando entonces, llevaba mi llanto entre sus sonidos a todas las colinas, penetrando en las cabañas de mis buenos amigos los campesinos.
Recuerdo solamente que los pensamientos que tuve aquella noche, hijos de la debilidad y de la fiebre producida por tantos días de emoción y de insomnios se producían en mi cabeza vacía de ideas, al ruido del badajo de hierro sobre el bronce, mientras lloraba el cadencioso unísono de la campana.
Y no recuerdo más...
Breve sueño adormeció mis sentidos al venir la mañana. Después emprendí de nuevo, acompañado de mis guías, bajo un sol glacial de invierno, que parecía un sarcasmo a la estación y al dolor, los nevados senderos de la montaña, en los que, a cada paso, corríamos un nuevo peligro de ser sepultados. Tenía necesidad de ir corriendo a consolar a mi padre. Nuestro invierno fue algo más que un simple y frío invierno...