Esta casa servía de alojamiento a los antiguos criados de mi abuelo retirados del servicio, y a quienes sostenía la familia con pequeñas pensiones que continuaban percibiendo por algunos servicios que prestaban de cuando en cuando a sus viejos señores; especie de libertos romanos, que muchas familias tenían empeño en conservar.

Cuando la casa solariega fue secuestrada, mi madre se retiró a la pequeña en compañía de una o dos mujeres. Otro poderoso atractivo la seducía.

Precisamente frente a las ventanas de la otra parte de la oscura callejuela estrecha y silenciosa, se alzaban y alzan todavía los elevados y sombríos muros aspillerados por algunas ventanas de un convento de monjas Ursulinas. Edificio de aspecto austero y recogido como propio del objeto a que se destinaba, como la bella fachada de la iglesia adjunta a uno de sus lados y en su trasera unos patios profundos y un jardín, cercados por negros y espesos muros cuya altura es infranqueable.

El tribunal revolucionario de Mâcón hizo servir este convento de cárcel provisional, cuando las cárceles de la ciudad estaban llenas de presos. Dio la casualidad de que mi padre fuera encerrado en esta cárcel-convento, cuyo edificio conocía perfectamente en todos sus detalles.

Mme. Lucy, hermana de mi abuelo, había sido abadesa de las Ursulinas de Mâcón, y en aquel tiempo iban a visitarla y a jugar en el convento los hijos pequeños de su hermano.

No había pasadizo, jardín, celda ni escalera secreta que fuese desconocido por ellos. Mi padre, por lo tanto, retenía en su memoria los más insignificantes detalles de aquel edificio que cuando niño le había servido de casa de recreo y ahora de prisión.

Cuando mi padre entró en semejante prisión, se figuró estar en su propia casa. Por fortuna, también, el carcelero había servido en su mismo escuadrón, y acostumbrado a respetar a su capitán, enterneciose al verle de nuevo. Aquel republicano lloró cuando las puertas de las Ursulinas se cerraron para detener al prisionero.

Encontrose mi padre allí con buena y numerosa compañía, puesto que había en aquella cárcel más de doscientos sospechosos de la provincia, amontonados en las habitaciones y los corredores del antiguo convento.

Mi padre pidió por todo favor le concedieran para él solo un rincón en el granero. Un tragaluz abierto en lo alto y que daba a la calle, le proporcionó cuando menos la satisfacción de ver a través de las rejas de hierro el tejado de su casa. Fácilmente le fue concedido este favor, y quedó instalado definitivamente bajo las negras tejas del edificio, teniendo por cama dos tablas de madera únicamente.

Durante el día bajaba con sus compañeros de prisión a pasar el tiempo jugando, única cosa que les era permitido. Ni aun se les permitía escribir a sus familias. Este aislamiento no fue para mi padre de larga duración.