Mi madre, que a la sazón me llevaba en su seno, no hizo el menor esfuerzo para detenerle. Aun en medio de sus lágrimas, no comprendió ella nunca la vida sin honor, ni vaciló un minuto entre el dolor y el deber.

Mi padre partió sin esperanza, pero sin vacilar un momento. Combatió con la guardia constitucional y con los suizos para defender el castillo. Cuando Luis XVI abandonó el palacio, la lucha se convirtió en matanza. Mi padre fue herido de un tiro de fusil. Cuando a pesar de ello procuraba escaparse, fue detenido frente a los Inválidos al intentar atravesar el río. Conducido a Vaugirard se le encerró en una cueva por algunas horas. Después fue reclamado y salvado por el jardinero de un pariente suyo, quien, estando de oficial municipal de la Commune, le reconoció casualmente.

Al escapar así de la muerte, volvió al lado de mi madre, encerrándose en la más profunda oscuridad del campo hasta el día que las persecuciones revolucionarias no permitieron a los partidarios del antiguo régimen otro asilo que la prisión o el patíbulo.

XV

El pueblo fue una noche a arrancar de su hogar a mi abuelo, a pesar de sus ochenta y cuatro años, a mi abuela, casi tan anciana como él y enfermiza, a mis dos tíos y tres tías, religiosas que habían sido arrojadas ya de sus respectivos conventos.

Colocaron a esta respetable familia dentro de un carro escoltado por gendarmes, y la condujeron en medio de un espantoso alboroto y de gritos de muerte hasta Autún. Había en este pueblo una inmensa cárcel destinada a encerrar todos los sospechosos de la provincia.

Mi padre, por una excepción de la cual ignoro la causa, fue separado del resto de la familia y encerrado en la cárcel de Mâcón. Mi madre, que me amamantaba a la sazón, fue depositada sola en la casa de mi abuelo, bajo la salvaguardia de algunos soldados del ejército revolucionario. ¡Y aún causará asombro el que aquellos en quienes data la vida de estos siniestros días, hayan aportado con su conocimiento cierto sabor de tristeza y cierta impresión melancólica al genio francés! Virgilio, Cicerón, Tíbulo, y el mismo Horacio, que imprimieron semejante carácter al genio romano, ¿no habían nacido por cierto, como nosotros, durante las espantosas luchas civiles de Roma, entre el barullo de las proscripciones de Mario, de Syla o de César?

¡Es preciso no olvidar las impresiones de terror o de piedad que agitaron las entrañas de las mujeres romanas, durante el tiempo que llevaron en ellas a aquellos hombres! ¡Es preciso calcular cuan amargada sería por las lágrimas la leche de que mi madre misma me nutría, mientras la familia sufría un prolongado cautiverio del que sólo la muerte debía librarla, mientras el esposo adorado estaba sobre las gradas del cadalso y ella permanecía encerrada en su desierta casa, guardada por los feroces soldados que espiaban sus lágrimas considerando su cariño como un crimen e insultando su dolor!

XVI

Detrás de la casa de mi abuelo, que se extiende entre dos calles, existía una casita baja y sombría que comunicaba con la grande por medio de un corredor oscuro y unos pequeños y reducidos patios húmedos como pozos.