No existía escala para medir la altura a que debía alcanzar el desbordamiento de las nuevas ideas.
Mi padre no había abandonado el servicio a pesar de su casamiento: él no veía en todo aquello más que la bandera que debía seguir, el rey a quien defender, algunos meses de lucha contra el desorden y algunas gotas de sangre que derramar en el cumplimiento de su deber.
Los primeros relámpagos de una tempestad que debía sumergir un trono secular y conmover a Europa durante medio siglo a lo menos, se perdieron para mi madre y para él, entre las primeras alegrías de su amor y las perspectivas primeras de su felicidad.
Yo recuerdo haber visto cierto día una rama de sauce desgajada del tronco por la tempestad de la noche, flotando a la mañana sobre las aguas desbordadas del Saone. Un ruiseñor hembra empollaba todavía en su nido flotante, mientras el macho revoloteaba sobre las aguas espumosas que pretendían tragarse aquella dulce mansión de amor.
XIV
Apenas hubieron probado el deseado bienestar, cuando les fue preciso interrumpirlo, separándose ¡quién sabe si para no volverse a ver! Llegó el momento de la emigración. En esta primera época, no fue la emigración lo que debía ser más tarde; un refugio contra las persecuciones o contra la muerte. Fue una especie de contagio que existía entre la nobleza francesa. El ejemplo dado por los nobles cundió y casi todos los regimientos perdieron sus oficiales. Necesitaban grande firmeza de carácter para resistir aquella epidemia que tomó el nombre de honor.
Mi padre tuvo esta firmeza y no emigró.
Solamente cuando se exigió a los oficiales del ejército un juramento que rechazaba su conciencia de servidores del rey, presentó su dimisión. Pero el 10 de Agosto se aproximaba, se le sentía venir.
Sabíase de antemano que el fuerte de las Tullerías sería atacado, que los días del rey correrían peligro; que la Constitución de 1791, pacto provisional de conciliación lo que debía ser más tarde: un refugio contra las derribado o elevarse triunfante entre ríos de sangre. Los amigos que aún quedaban a la monarquía y los hombres personalmente unidos al rey, se contaron y unieron para ir a reformar la guardia constitucional de Luis XVI.
Mi padre fue uno de estos hombres de corazón.