Eran sus gustos sencillos e inocentes como su alma.
Patriarca y militar: he aquí el hombre.
La caza y el bosque, mientras permanecía en el campo; el resto del año, su regimiento, su caballo, sus armas, la ordenanza escrupulosamente observada y ennoblecida por el entusiasmo del soldado: éstas eran todas sus ocupaciones. Nada ambicionaba, y mostrábase cumplidamente satisfecho con su grado de capitán de caballería. La estimación de sus camaradas era lo único que, procurando conservarlo con delicadeza suma, encontraba digno de envidia, y su única ambición.
Consideraba el honor de su regimiento como el suyo propio, y sabía de memoria los nombres de los oficiales y soldados de todos los escuadrones. Sin la menor ambición de fortuna ni de grados, cifraba todo su ideal en ser lo que era: un buen militar, teniendo el honor por alma y el servicio del rey por religión. Pasábase los seis meses del año de guarnición en una ciudad y los otros seis en su pequeña casa de campo, con su esposa y sus hijos. En una palabra, el hombre primitivo un tanto modificado por el militar; he aquí mi padre.
La Revolución, las desgracias, los años y las ideas fueron modificando su manera de ser y se completaron en su vejez. Yo mismo puedo asegurar por mi parte haber visto cómo su espléndida y fácil naturaleza se desenvolvía después de los sesenta años de existencia. Parecíase a las encinas que vegetan y se rejuvenecen de continuo hasta el día en que el hacha del leñador rompe su tronco. A los ochenta años continuaba modificando sus ideas y buscando la perfección de ellas.
XIII
Y constante como era, logró vencer, en unión de mi madre (no sin tener que superar grandes obstáculos), todas las dificultades de la fortuna y las preocupaciones de familia que se interpusieron entre ambos. Casáronse en el tiempo en que la Revolución removió todas las edificaciones humanas y hasta la tierra en que se asentaban.
La Asamblea constituyente había realizado su obra. Sabía por la fuerza de una razón sobrehumana, por decirlo así, los privilegios y preocupaciones sobre los cuales descansaba el antiguo orden social de Francia.
Habían los tumultos populares removido ya, como remueven las olas los vientos precursores de los temporales, el palacio de Versalles, el fuerte de la Bastilla y el Municipio de París.
Los primeros temblores que removieron los cimientos creíase que serían una ligera tempestad sin consecuencias.