Aquella actitud soberana de Voltaire, sus vestidos, su porte, en fin, y sus palabras, quedaron impresas en su memoria de niña, como quedan los seres antidiluvianos sobre las piedras que forman las montañas.
Dalembert, Laclos, Mme. de Genlis, Buffon, Florián, el historiador inglés Gibbon, Grimm, Morellet, M. Necker. Los hombres de Estado, los literatos y los filósofos de su tiempo vivían en la sociedad de Madame de Roys, distinguiéndose entre todos ellos al más inmortal, a Juan Jacobo Rousseau.
Aunque mi madre era muy religiosa, conservaba cierta tiernísima veneración por este grande hombre; sin duda porque veía que a más de su gran genio, atesoraba un generoso corazón. Y si ella no participaba de las ideas religiosas del gran genio, sentía las bellezas de su alma.
XII
Unía el duque de Orleans a este título el de conde de Beaujolais, y por esta causa tenía el derecho de nombrar cierto número de damas para el cabildo de Salles. Mi madre fue nombrada a los quince o dieciséis años. Conservaba todavía un retrato suyo de aquella época, además del que todas sus hermanas y mi padre mismo, me han hecho infinidad de veces al relatarme su vida.
Está representada con el mismo uniforme del colegio. Vese en él a una joven alta y delgada, de talle flexible, de blanquísimos brazos, cubiertos hasta el codo por mangas ajustadas de un tejido negro. Sobre su pecho ostenta la crucecita de oro del capítulo. Caen por ambos lados de su gallarda cabeza, sus flotantes cabellos negros, y sobre éstos un velo de encaje menos negro aún que los rizos que orlan su cara, de un blanco mate pálido que resplandece mejor entre aquella oscuridad de colores.
A causa del tiempo, han desaparecido un tanto los colores y frescura de los dieciséis años, pero los rasgos son aún tan puros y recientes, que los colores no se han secado todavía en la paleta. Se encuentra a primera vista en su fisonomía, aquella sonrisa interior de la vida, aquella ternura inagotable en la mirada que revela en todo su ser una extraordinaria bondad: rayos de luz de una razón serena empapada en serenidad, flotando como una caricia eterna en su mirada un tanto profunda y otro tanto velada por los párpados, como si quisiera evitar que se escapase todo el fuego y todo el amor que se encerraba en sus hermosos ojos. Al ver este retrato se comprende muy bien toda la pasión que semejante mujer debió inspirar a mi padre, y todo el respeto y veneración que debía inspirar después a sus hijos.
A pesar de esto, tampoco mi padre era indigno por ningún concepto de atraerse las simpatías de una mujer amorosa y sensible. No era demasiado joven: contaba treinta y ocho años. Pero para un hombre como él, que debía morir joven todavía de cuerpo y espíritu a los noventa años, con todos sus dientes, todos sus cabellos y en toda la varonil belleza de una vejez fuerte, treinta y ocho años representaban la flor de la existencia.
Era de elevada estatura, porte militar, líneas varoniles y carácter severo. La altivez y la franqueza leíanse en su fisonomía a primera vista. No afectaba ingenuidad y gracia, y eso que poseía en su interior y en alto grado ambas cualidades. A pesar de su temperamento fogoso, parecía indiferente y frío en el exterior, creyendo, sin duda, que un hombre como él debía avergonzarse de manifestar demasiada sensibilidad. Dudo que hubiera otro hombre en el mundo que dudase más de sus virtudes y que envolviese con todo el pudor de una mujer las severas perfecciones de un héroe. Yo mismo tardé en conocerle muchos años.
Le creía duro y áspero, cuando no era más que justo y rígido.