Este drama no pertenece a la escena, se encierra dentro del corazón; pero una lágrima, ya sea producida por la caída de un imperio o por el hundimiento de una cabaña, contiene siempre la misma cantidad de agua y de amargura...

XI

Cuando oímos hablar del alma de una persona, nos gusta conocer exteriormente la envoltura que la encierra. He aquí el retrato de mi madre, tal como está trazado en las primeras páginas de las notas confidenciales de su vida.

Alicia de Roys, tal fue el nombre de mi madre, hija de M. Roys, director general de la hacienda del señor duque de Orleans. Mme. de Roys, su esposa, segunda aya de los hijos del duque, fue favorita de aquella bellísima y virtuosa duquesa de Orleans, que la Revolución respetó a pesar de haber destruido su palacio y de haber mandado sus hijos al destierro y su marido al patíbulo.

M. y Mme. de Roys habitaban en el palacio real durante el invierno y en el de Saint-Cloud los veranos.

En este palacio nació y creció mi madre, pasando su infancia en compañía del rey Luis-Felipe, niño también. Ambos pasaron la niñez en medio de la familiaridad respetuosa que se establece generalmente entre los niños de una misma edad aproximadamente, que reciben iguales lecciones y participan de las mismas inocentes distracciones.

¡Cuántas veces nuestra madre nos hablaba de la educación de este príncipe, que una revolución había desterrado de su patria, y que otra revolución debía levantar sobre su trono! No existe una fuente, una arboleda, ni un cuadro solamente en los jardines de Saint-Cloud que no conociéramos antes de haberlos visto. ¡Cuántas veces los nombraba al recordar su infancia! Saint-Cloud había sido para ella su Milly, su cuna, el lugar en el cual todos sus primeros pensamientos e impresiones habían germinado, florecido, crecido y vegetado con las exuberantes plantaciones del magnífico parque.

Los personajes que tuvieron más resonancia durante el siglo XVIII, quedaron en su memoria profundamente grabados.

Mme. de Roys, su madre, fue mujer de gran mérito. Sus funciones en el palacio del primer príncipe de la sangre, atraían a su alrededor muchos personajes célebres de la época. El mismo Voltaire, durante su triunfal y último viaje a París, hizo una visita de atención a los jóvenes príncipes.

Mi madre, que no contaba a la sazón más que siete u ocho años, asistió a la visita, y aunque muy niña, comprendió por las impresiones que se manifestaban en torno suyo, que estaba viendo un personaje superior a un emperador.