¿Quién no ha creído oír muchas veces, entre los bramidos del huracán, voces que nos llaman por nuestros propios nombres? ¿cuántas veces las hemos oído llamar a las vidrieras y a las puertas como para hacerse abrir por la fuerza las habitaciones desiertas en las cuales vivieron sus almas en algún tiempo?

Yo gozo con semejante tumulto recogiéndome en el frío que en mí produce la calentura de la agitación, y medio tendido al calor del fuego del invierno, sobre las mismas losas abrillantadas por las pisadas de aquellos que están tendidos para siempre no lejos de mí, y abrazándome a propósito, durante esta noche de recuerdos, a cuanto me resta de sus vestigios venerados. Dieciocho pequeños volúmenes encuadernados en cartón de diversos colores están esparcidos junto a mí sobre la alfombra; tan pronto entreabro y leo aquel o el de más allá, reflexiono sobre las fechas del principio y el fin de cada uno sin cansarme de leer y releer, llorando o sonriendo tristemente.

Uno de ellos contiene El manuscrito de mi madre.

Mi madre, según tengo dicho en mis Confidencias, no escribía por escribir solamente, menos aún para ser admirada; escribía, digámoslo así, para ella sola con el objeto de encontrar en un registro los acontecimientos domésticos de su vida, un espejo moral de sí misma, donde pudiese verse y compararse frecuentemente con lo que ella misma había sido en otras épocas o era a la sazón, y mejorarse de continuo. Semejante costumbre, observada por mi madre hasta su muerte, dio por resultado la existencia de quince o veinte pequeños volúmenes de confidencias íntimas entre ella y Dios, que he tenido la dicha de examinar; en ellos he vuelto a ver y veo continuamente a mi madre viva cuando siento de nuevo la necesidad de refugiarme en su seno.

No escribió mi madre con esa energía de conceptos y brillantez de imágenes que caracterizan el don de expresar. Hablaba con la sobria y clara sencillez de quien no se rebusca jamás dentro de sí propio, ni pide a las frases otra cosa sino que le den a conocer tal como él es, como no pidió jamás a sus vestidos sino que la vistiesen, sin fijarse en que pudieran servirle de adorno. La superioridad no se observa en su estilo; permanecía en su alma, y ésta residía en el corazón principalmente, lugar en donde la Naturaleza ha colocado el genio de la mujer, puesto que las obras de la mujer son todas hijas del amor. De suerte que únicamente por la simpatía se siente el hombre unido a ellas. Esta superioridad, casi incomprensible e inofensiva, nos subyuga dulcemente.

X

Dueño de estos recuerdos íntimos, he pensado muchas veces en si debía esconderlos en el cajón más profundo de mi secreter o entresacar de ellos un pequeño extracto acompañado de algunas observaciones para la familia, al objeto de que los restos del alma de semejante madre, no se evaporen por completo sin haber sido, cuando menos, leídos de sus nietezuelos.

Este pensamiento ha renacido en mí con mayor fuerza al sentir las vibraciones clamorosas de la campana que llora sobre su tumba y que parece hacerme cargos por mi silencio, cuando el mismo bronce llora para recordármelo.

Acumúlanse los años, la tarde de la vida se acerca, el polvo del tiempo comienza a empañar las hojas con el tinte pálido del otoño. Me hallo en uno de estos momentos de recogimiento crepuscular en los que el pensamiento se detiene ante las inquietudes de la vida activa remontándose a su origen, como agua estancada sin viento que la agite a la cual le es imposible encontrar la corriente; es el momento, en fin, de cumplir con mi piadoso deseo examinando esta reliquia venerada.

Solamente la luz del hogar mismo de mi madre alumbrará estas páginas; y sólo quien haya llorado su muerte encontrará este libro interesante. A pesar de los variados espectáculos que representan a la mirada del hombre sensible y reflexivo la historia y la naturaleza, no existe en su fondo un solo punto más interesante de que haya concurrido en una sola alma, dadas las circunstancias, tal conjunto de alegrías, penas y vicisitudes de la vida, habiendo pertenecido esta alma a una mujer ignorada entre la oscura y tranquila vida doméstica.