¡Cuántos temores, cuántas súplicas, cuántas idas y venidas, cuántos disgustos le costó el conseguir hablar solamente con uno de aquellos representantes del poder revolucionario!

Muchas veces, este representante, con el cual mi madre había por fin conseguido hablar, era un hombre brutal y grosero, que se negaba a oír los lamentos de una mujer desolada o la despedía con amenazas, culpándola de pretender enternecer a los encargados de administrar justicia. Otras, sin embargo, era algún hombre sensible y piadoso, pero la presencia de sus compañeros no le permitía obrar con arreglo a sus ideas, y rechazaba con la boca lo que con el corazón otorgaba. Javoques, el representante de mejor carácter entre todos aquellos procónsules, fue quien sirvió a mi madre tan bien como las circunstancias y su deber le permitieron, y quien la recibió en audiencia escuchando con respeto y atención cuanto le expuso.

El día que la recibió en audiencia, me llevaba a mí en brazos, sin duda para que la piedad encontrase dos motivos para manifestarse: la de una mujer joven y madre, y la de una inocente criatura.

Javoques, después de haberla hecho tomar asiento y deplorado el sentimiento que le causaba el haber de ejercer sus rigurosas funciones, me tomó en sus brazos y me colocó sobre sus rodillas: mi madre, creyendo que me dejaría caer, hizo un movimiento de temor.

«No temas, ciudadana—le dijo:—también nosotros los republicanos tenemos hijos.» Al ver que yo sonreía jugando con su escarapela tricolor, añadió: «A fe mía que tienes un niño bien hermoso para ser hijo de un aristócrata. Debes educarlo para la patria y hacer de él un buen ciudadano.» Después de esto, le dijo algunas palabras que se referían a mi padre, y le hizo tener alguna esperanza en su libertad.

Acaso a esta entrevista fue debido el que no lo encausaran y lo dejaron olvidado en la cárcel. En aquella época, toda formación de una causa, equivalía a una sentencia de muerte.

De regreso a Mâcón, mi madre volvió a encerrarse en su pequeña casita junto a las Ursulinas. Cuando la noche estaba oscura y apagados los faroles de la calle, se deslizaba desde el aposento de mi padre hasta el desván, una cuerda llena de nudos, por medio de la cual se valía para pasar junto a los seres que idolatraba, algunas horas deliciosas e intranquilas a la vez.

Más de un año transcurrió de esta manera.

El 9 de Termidor abriéronse las prisiones y fue libre mi padre. Los viejos y enfermizos parientes de mi madre, volvieron también a mi casita, y poco después murieron tranquilamente en su propio lecho, que no fue poca suerte. El horroroso temporal había pasado sobre ellos. Ninguno de sus hijos había perecido durante aquel huracán revolucionario.

XVIII