Muerto mi abuelo, toda su fortuna había de pasar por entero a su hijo mayor, según las costumbres de la época; pero las leyes nuevas habían suprimido los mayorazgos, así como también los votos de pobreza, de manera que las hermanas de mi padre que los habían hecho, quedaban de ellos relevadas, y por esta circunstancia debían proceder al reparto de bienes.
Eran éstos de alguna importancia, y estaban divididos entre Borgoña y el Franco-Condado.
Si mi padre hubiera reclamado la parte que le correspondía, del mismo modo que lo hicieron sus hermanas, hubiera cambiado su suerte por completo, obteniendo algunas de las magníficas posesiones territoriales y que debían repartirse entre la familia.
No fue así; sus escrúpulos le impidieron violar las intenciones de mi abuelo, a pesar de ser recientes las leyes revolucionarias que suprimían los mayorazgos. Estas leyes las encontraba muy justas, pero a su entender, violaban la autoridad paterna y le parecía faltar a un deber de conciencia pidiendo el cumplimiento de esta ley contra su hermano mayor.
Renunció, pues, a la herencia legal de sus padres, y se hizo pobre pudiendo con una sola palabra hacerse rico.
Fueron repartidos los bienes entre los hermanos y hermanas, y él no quiso nada. Únicamente quedaba como propiedad suya, porque así estaba consignado en los capítulos matrimoniales, la pequeña propiedad de Milly, que sólo producía de renta unos quinientos pesos anuales.
La revolución había suprimido también los sueldos que sus padres y sus hermanos disfrutaban en la casa de Orleans. Los príncipes de esta familia escribían alguna vez a mi madre desde el destierro donde se encontraban, y mitigaban, sin duda, los dolores, recordando en las cartas los bellos días de su infancia.
XIX
Jamás creyó mi padre que la Revolución le impidiera guardar fidelidad al honor de su bandera.
Una casita en el campo medio arruinada y quinientos pesos de renta, no eran lo suficiente para sostener con algo de holgura a su esposa y a los muchos hijos que rodeaban la mesa a la hora de comer.