Ciertamente que tenía la satisfacción de su conciencia, el amor de su mujer y su confianza en Dios, pero esto no era suficiente para satisfacer las necesidades materiales de la vida.
Educada mi madre entre el fausto de la corte, contentábase con resignación viviendo alegre en aquella casa sin muebles ni adornos de lujo, y con aquel jardincito cercado de pedruscos.
Más de una vez oí decir, tanto al uno como al otro, que en aquella soledad pasaron los días más felices de su vida.
A pesar de la escasez de medios, mi madre despreciaba siempre la riqueza. Recuerdo que una vez me dijo señalando con el dedo nuestros campos de Milly: «Hijo mío, esto es bien pequeño, pero sabiendo limitar nuestro deseo a lo que poseemos, resulta grande; la felicidad está en nosotros mismos, y ensanchando los límites de nuestros viñedos no conseguiremos la felicidad. No se mide la dicha por la yunta como la tierra; se mide sí, con la resignación que Dios ha dado al pobre como al rico.»
XX
Otra vez encuentro el retrato de mi madre a los treinta y ocho años; helo aquí:
Es de noche; las puertas de la casita de campo están cerradas. Un perro ladra de cuando en cuando. La lluvia de otoño azota los vidrios de las ventanas, y el viento produce al chocar con las ramas de los plátanos intermitentes y melancólicos silbidos.
Me encuentro en una habitación grande, pero casi desamueblada. Hay en el fondo de ella una alcoba con una cama de pabellón formado con tela de cuadros azules y blancos: al lado de la cama se encuentran sobre dos bancos de madera dos cunas, grande la una, pequeña la otra. Es el dormitorio de mi madre y de mis hermanas. En el fondo de la habitación hay una chimenea en la que arden cepas y sarmientos, produciendo un gran fuego. Esta chimenea es de piedra blanca y está medio destrozada a fuerza de martillazos, al igual que los adornos flordelisados de los armarios. En la superficie de uno de ellos había grabadas las armas del rey, y por esta razón está vuelto al revés. Las vigas del techo están ennegrecidas por el humo, y sobre al suelo sin alfombras ni tarimas, hay algunos ladrillos rotos en mil pedazos, en cuyos fragmentos se conocen las señales de los clavos que llevaban en los zapatos los campesinos, cuando convirtieron en sala de baile esta habitación. Las paredes, recubiertas de yeso, dejan ver la descarnada piedra a la manera de un pobre andrajoso que enseña las carnes a través de su vestido hecho trizas.
En uno de los ángulos se halla un viejo clavicordio sobre el que hay papeles de música: es el Adiós del pueblo, composición de Juan Jacobo Rousseau. En medio de la sala, una mesita de juego cubierta con un tapete verde apolillado, y sobre ella dos candelabros de latón. Apoyado el codo sobre esta mesa, hay un hombre sentado y con un libro en la mano. Sus miembros robustos indican que aún conserva el vigor de la juventud. Sus ojos son azules y su frente ancha. Cuando se ríe descubre una brillante y blanca dentadura. Su tocado revela algunos restos de antigua grandeza y cierta rudeza de carácter. Suspendidos de un clavo están en una de las paredes los arreos militares: el casco, las placas doradas, el sable, las pistolas de reglamento, como indicando que aquel hombre hizo uso de ellas en algún tiempo, y que ahora está retirado del servicio.
El lector habrá comprendido que este hombre es mi padre.