En un canapé de paja y sentada entre la chimenea y la alcoba, hay una mujer que parece joven a pesar de sus treinta y cinco años cumplidos. Aún conserva su talle la esbeltez de la niña de quince años, y sus ojos negros, la vivacidad y expresión de tiempos pasados. Al través de su piel blanca como la leche, se distingue el azul de las venas y el rojo de la sangre cuando el rubor o la expresión la enciende.

Sus finos cabellos, negros como el azabache, caen sobre los hombros, de suerte que le dan todo el aspecto de una jovencíta. Nadie diría que tiene más de treinta años. La belleza de esta mujer, pura y perceptible en sus detalles, es completa en el conjunto exterior por su gracia natural, y en el interior por aquella belleza de alma que parece iluminar los cuerpos por dentro.

Esta mujer se encuentra medio vuelta de espaldas sobre su asiento, y sostiene en sus brazos a una niña que duerme tranquilamente. A su lado, y sentada también, hay otra niña de algo más edad, cuya cabecita rubia reposa sobre las rodillas de su madre.

Esta mujer es mi madre, y las dos niñas mis hermanas mayores. Las otras dos, que son las más pequeñas, duermen en las cunas colocadas en la alcoba.

XXI

Esta era mi familia, cuando mi madre dio principio nuevamente a la narración de su diario, el día 11 de junio de 1801. Tenía, al parecer, desde su infancia, la costumbre de escribir en su libro de notas todos los acontecimientos que tuvieran íntima relación con su modo de ser.

Esta especie de confidencias íntimas empiezan de esta manera:

«Durante los primeros años de mi juventud, empecé a escribir un diario exacto de cuanto me ocurrió a mí, o en torno mío, con todas aquellas reflexiones que los diversos acontecimientos de mi vida me sugirieren. Después de largo tiempo, perdí esta costumbre, y quemé los apuntes que tenía hechos. Siento haber abandonado aquella idea, pues hoy comprendo que si hubiera persistido en mi trabajo, hubiese sido para mí de gran utilidad. Es mi intención empezar de nuevo, con la gracia de Dios, a escribir todos los días (mientras me sea posible), los diferentes sucesos que pueden ocurrirme, y sobre las cosas buenas o malas que yo haga; me parece que esto me ayudará a practicar un diario examen de conciencia, que ha de serme provechoso, porque me facilitará el conocimiento de las disposiciones de mi espíritu.

«Yo creo, asimismo que, si mis hijos leen por casualidad este diario, no carecerá para ellos de interés; y además, que les ha de ser útil y provechoso cuando yo falte, porque quiero hablar de todos y cada uno de ellos, así como también de sus diferentes caracteres.

«Tengo cinco hijos actualmente, después de haber perdido uno. Cuatro niñas y un niño llamado Alfonso, que se encuentra en Lyón empezando su educación clásica. Es un muchacho muy bueno: ¡quiera Dios que sea buen cristiano, sabio y dichoso! La niña mayor se llama Cecilia, tiene siete años y medio: es de una viveza extraordinaria, pero muy buena. Su hermana, que se llama Eugenia, tiene cinco años y medio: es muy sensible y de corazón excelente.