«Cesarina tiene dos años, y Susana nueve meses. Sin la ayuda de Dios, sería para mí bastante difícil la educación de estas cuatro niñas.

«En mi casa tengo, además, una parienta, enferma de cuerpo y espíritu, a quien he de cuidar con la misma solicitud que a mis hijos: por manera que son seis criaturas las que tengo que atender. ¡Cuánto necesito, Dios mío, de vuestro auxilio!

«Mi esposo y yo vivimos casi siempre en Milly, y pasamos en Saint-Point algunas temporadas. Es éste un punto muy agradable por el solitario recogimiento que se advierte al abrigo de las montañas. ¡Cuántas gracias debemos dar a la Providencia por los favores que nos concede!

«Mi hermana—Mme. de Vaux,—ha llegado hoy mismo de Lyón. Es una angelical y virtuosa mujer. Me ha contado muchas cosas de mi Alfonso: dice que sus maestros no cesan de hablar de él mucho y bien. ¡Dios le bendiga como yo le bendigo de todo corazón! Mañana empiezo a dar lecciones a mis niñas...

«Después de comer, han venido a decirme que acaba de morir un pobre anciano abandonado en la cabaña del monte donde yo acostumbraba a pasar el rato. Este acontecimiento me ha causado un gran pesar, porque me he reprochado mi negligencia en ir a visitarle durante sus últimos momentos. Ciertamente que yo lo creía ya curado; pero no hube de fiarme en su aparente mejoría y debí tener en cuenta lo avanzado de su edad. Mi obligación era haberme ocupado con mayor solicitud del pobre anciano. Siento por esta causa un gran remordimiento, pero comprendo que no me preocupo lo bastante del poco bien que hago, y que me dejo llevar hacia las distracciones; éstas no serán faltas, pero son ligerezas que no dejan hacer buen uso del tiempo que transcurre. El tiempo es para aprovecharlo en hacer el bien a nuestros semejantes y a nosotros mismos.

«Mi esposo y yo acabamos de dar un paseo por nuestras viñas en flor: hemos respirado un aire embalsamado de dulces aromas. Todo nuestro porvenir está cifrado en estos viñedos; nuestros hijos, nuestros criados y nuestros pobres, también esperan disfrutar de los productos que rendirán estos racimos floridos. ¡La Providencia preserve nuestra pobreza de un pedrisco que podría acabar con nuestra esperanza! Durante el paseo hemos llegado a la choza que hay en la parte alta de las viñas, donde ha muerto esta mañana el pobre viejo.

«Mi esposo no me ha permitido entrar a verle y a rogar a Dios por su alma; sin duda ha querido evitar un disgusto al presenciar el doloroso espectáculo que hubiéramos visto dentro de aquella humilde vivienda. Yo hubiera deseado pedir perdón a su alma por no haber estado junto a su cuerpo moribundo para consolarle con palabras de esperanza y recibir su último suspiro.

«Estaba la puerta de la cabaña abierta, y una cabrita no hacía más que balar y entrar y salir, como si pidiera socorro para su viejo compañero. He conseguido de mi esposo autorización para que mañana mande a buscar la cabrita, para tenerla en compañía de nuestra vaca de leche y de los carneros.»

Estas primeras páginas del diario de mi madre dejan ver que, aunque aquella joven se crió en los palacios del príncipe más rico de Europa, pudo ser trasladada, sin que por esto sufriera la más mínima alteración el amor de su marido, de sus hijos y de sus semejantes, al apartado rincón de una campiña distante de París más de cien leguas. Para tener una idea exacta de la casita de Milly, donde mi madre y nosotros nos encontrábamos relegados en invierno como en verano, puede verse la descripción hecha en mis Confidencias y la composición poética titulada La tierra natal.

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