Este jardín conserva todavía el mismo aspecto; únicamente los árboles, algo envejecidos, tapizan sus troncos con algunas manchas mohosas; pero los surcos de rosales y claveles extienden sus lozanos pimpollos sobre la arena de las sendas; y cantan los ruiseñores en las noches de estío entre los emparrados y las enramadas. Los tres abetos plantados por mi madre conservan su follaje y sus brisas melodiosas.
Sale y se pone el sol por entre las mismas nubes, y se disfruta aún de la misma calma interrumpida tan sólo por el sonido de la campana al tocar el Angelus o por el ruido cadencioso de los trillos que baten las mieses en las eras.
Las hierbas parásitas han aumentado; surgen por todos lados zarzas, cardos y malvas azules, agarrándose cruelmente a los rosales, y la hiedra extiende sus brazos por el muro como si quisiera derribarlo; y no se limita a esto su poder, todos los años adquiere más lozanía, y ya empieza a trepar por las ventanas del cuarto de mi madre...
Cuando durante mis paseos por estos lugares me olvido de mí mismo y, ensimismado en profundas cavilaciones, me dejo caer sobre el césped, sólo me arrancan de la soledad las pisadas del viejo podador, nuestro antiguo jardinero, que viene a visitar sus plantas como yo mis tristes recuerdos y mis fantásticas apariciones.
Cuando me encontraba lejos de mi patria y mi imaginación veía la imagen de esta tierra, más poética sin duda cuanto más distante de ella me hallaba, compuse en honor de aquella casita los siguientes versos:
Hay en mi tierra una árida montaña.—Que no produce flores ni frutos, y aparece inclinada, sin duda por el dolor que le causa su estéril situación.—Los despojos de su suelo ruedan hacia el barranco cuando las cabras saltan por las rocas.—Y las piedras desprendidas forman otro monte que crece gradualmente.—Al abrigo de éste, vive alguna cepa, que busca en vano un árbol donde enredar sus sarmientos.—En vano también, el arce crece y se arrastra entre los zarzales.—Donde los chicos del pueblo roban a los pájaros las moras negras como el azabache.—Donde la pobre oveja deja su lana enganchada a los espinos.—Donde no se siente en verano el murmullo de las aguas.—Ni el susurro de las hojas agitadas por el viento.—Ni el canto del ruiseñor, cuyas melodías de paz consuelan el alma.—Bajo los rayos de aquel sol cobrizo, sólo la cigarra ensordece con sus chirridos.—Todo es sombrío en aquella selva, que resguarda únicamente la montaña descarnada, en cuyo muro, azotado por las lluvias y el viento, anotan los años su edad.—Detrás de una colina hay un campo labrado, cuya tierra seca y sin vida deja ver el arado cuando por ella pasa.—Ni capas de verdura, ni rocío en el bosque, ni fuentes murmurantes.—Tan sólo siete tilos que ha olvidado la reja del labrador, adornan aquel pedazo de tierra inculta.—A su sombra soñé yo durante mi infancia.—Hay entre las rocas un pozo que guarda las aguas pluviales, donde el caminante puede saciar su sed.—Sobre el terreno arcilloso de la era, hay en verano abundancia de mieses, donde los gorriones recogen alimento para sus hijuelos.—Aquí, instrumentos de labranza en desorden.—Allá, el aldeano con su pipa encendida esperando que el viento sople para dar principio a la limpia del montón de trigo que, mezclado con paja molida, espera ser aventado.
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Nada alegra la vista en esta estéril prisión.—Ni los dorados capiteles, ni las altas torres de las grandes ciudades.—Ni la carretera ni el río bullicioso.—Ni los terrados de las casas abrasados por el sol de Mediodía.
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Sólo se divisan allá lejos en la escabrosa pendiente.—Las rústicas techumbres que albergan a los pobres montañeses.—Y la senda tortuosa y prolongada, que serpentea entre las chozas.—Donde el viejo mece a su nieto en la cuna hecha de juncos.—En fin, cielo sin color, sol sin sombra, valles sin verdor... ¡Y es allí donde está mi corazón!—Es allí donde está la casita, las sendas, los ribazos donde he tenido los sueños más felices.—El aspecto de las montañas, cuando el ganado aterido de frío baja a la llanura.—Los espinos, el viento, la hierba seca, tienen íntimas melodías, que sólo el alma comprende.—En todos estos sitios se halla mi corazón; a cada paso encuentra amigos; hasta las piedras y los árboles me conocen y pronuncian un nombre.—¿Qué importa que este nombre, como Thebas o Palmira, no recuerde al viajero la fastuosidad de un imperio?—La sangre humana vertida por causa de los tiranos.—Empequeñece aquella grandeza y convierte los imperios en azote de Dios.—Y sobre los monumentos de los héroes y de los dioses, el pastor pasa silbando sin mirarlos siquiera.