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¡Oh! lugares deliciosos y solitarios.—¡Cuántos recuerdos encerráis en mi alma!—Entre vosotros está el banco donde mi padre descansaba.—La habitación donde resonaron sus varoniles acentos, cuando contaba a los labriegos sus hazañas guerreras.—Cuando les preguntaba los surcos que trazaba el arado en una hora.—Cuando contaba las peripecias que ocurrieron a Luis XVI en el cadalso.—Cuando estimulaba a los mozos a seguir la senda del honor y de la virtud.—También está entre vosotros la plaza donde mi buena madre nos hacía llevar pan, vino y ropas para socorrer a los pobres del lugar.—Las cabañas, donde, con mano amiga, dulcificaba los dolores de sus convecinos.—Donde recogía el último suspiro de los moribundos.—Donde socorría a las viudas y enjugaba el llanto de los niños arrodillados ante el cadáver de su padre, mientras les decía estas palabras:—«A cambio del oro que os doy, rezad por su alma.»

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Allí está la higuera al pie de cuyo tronco mecía nuestras cunas.—La senda por donde corríamos al oír la campana que nos llamaba a misa primera.—El banco en el que nos explicaba los misterios de la Pasión y nos definía a Dios, enseñándonoslo en el grano de trigo encerrado en sus gérmenes.—En el racimo de uvas chorreando licor.—La vaca transformando en leche el jugo de las plantas.—En la roca que se abre naturalmente para dar paso a las aguas.—En la lana de las ovejas robada por las zarzas para que después con ella puedan hacer los pajarillos su nido.—En el sol que en su marcha regular va repartiendo las estaciones y vivificando los planetas que le rodean.—En todo, en fin, lo que nos rodeaba; hasta en el más insignificante insecto nos enseñaba el poder del Criador.

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Viñas, praderas, campos y matorrales.—Sois recuerdo perenne de sombras y de amor.—Entre vosotras jugaron mis hermanitas lanzando al viento sus rubias cabelleras.—Mientras yo encendía hogueras con los espinos y la hierba seca, donde venían a calentarse los hijos de los pastores.

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El vigoroso sauce que nos prestaba auxilio cuando el huracán se desencadenaba violento por el valle.—Las rocas, las encinas, el poyo que hay en la puerta del molino.—Todo permanece en pie, todo ocupa su puesto.—Pero, ¡ay de mí... han desaparecido algunos de los que os contemplaban en algún tiempo!...

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Como las aristas se dispersan por el aire.—Así se han dispersado los seres de mi hogar querido.—Hasta las golondrinas dejan de fabricar el nido cabe las cornisas del tejado.—Y sube por puertas y ventanas, la hiedra trepadora.—Como queriendo cubrir de luto aquella mansión querida.