17 de junio de 1801.

La señorita de Lamartine, mi buena cuñada, a quien adoro en el alma, nos ha convidado hoy a comer en su castillo de Monceau. Este castillo es propiedad de mi cuñada y del hermano mayor de mi marido, que es el jefe de la familia. Los dos permanecen solteros.

M. de Lamartine era el que debía posesionarse de la inmensa fortuna de mi familia: estaba enamorado de la señorita de Saint-Huruge, pero no siendo ésta suficientemente rica, el matrimonio no se llevó a cabo, y él ha preferido el celibato a casarse con otra mujer.

La señorita de Saint-Huruge es hoy demasiado vieja, y no piensa ya en casamientos: es hermana del célebre Saint-Huruge, aquel gran tribuno de los demagogos, que se hizo famoso en las revueltas de París. Fue un buen hombre que se entregó con entusiasmo a la causa de la Revolución. Ella es buena, piadosa y simpática. Mi cuñado y ella se veían en Mâcón en las reuniones de familia, y aun se conservan en amistad sincera y constante. Mi cuñado es un hombre de mucho mérito; puede decirse que es un sabio, porque escribe con talento, posee grandes conocimientos científicos, y es consultado por los principales políticos del departamento.

La nobleza intentó nombrarlo diputado en los Estados generales, pero su delicada salud le impidió aceptar. Los republicanos también deseaban que fuese miembro de la Convención, pero tampoco aceptó.

Cuando salió de la prisión, donde estuvo algún tiempo encerrado por las ideas moderadas, volvió a sus posesiones del castillo de Monceau en unión de su hermana, bella criatura que se ha dedicado a cuidar a su hermano: parece que ha nacido para hacer la dicha de un esposo. Según se dice, esta joven sintió antes de la Revolución ciertas inclinaciones que fueron correspondidas por M. de Marigny, vecino y pariente próximo, buen sujeto, poeta, músico distinguido, que hubo de emigrar el año 1791. Sus bienes fueron vendidos en pública subasta, y murió el año 1799 en un hospital de Mâcón. Después de su muerte, la señorita de Lamartine no quiere ni oír hablar de matrimonio. Parece que una dulce tristeza invade su ser y da a su fisonomía cierta gravedad.

Sus bienes de fortuna, que son bastante importantes, los ha tenido unidos a los de su hermano, empleándolos en buenas obras. La oración, la caridad y el gobierno de la casa son sus ocupaciones. Hace el bien por hacerlo, sencillamente; no hay en sus actos ni un átomo de egoísmo: es una santa mujer: es religiosa sin ser fanática ni supersticiosa. Pasamos el día juntas, me quiere y la quiero mucho.

XXVI

19 de junio de 1801.

Todo el día de hoy he estado reflexionando sobre lo peligroso de las lecturas fútiles. Estoy en la creencia de que si me privo de ellas, será un sacrificio para mí ciertamente, pero evitaré un peligro. He notado que cuando estoy distraída con estas frívolas lecturas, las útiles y serias me disgustan y cansan al momento. Decididamente, si he de adquirir capacidad para educar a mis hijos, me conviene adquirirla y la adquiriré en los libros serios; a ellos me inclino, pues, desde hoy.