3 de julio de 1801.
Ayer quedamos definitivamente instalados aquí, en Saint-Point. El día lo he pasado arreglando mi pequeño ajuar. Estoy muy cansada. A la caída de la tarde he ido a la iglesia que está lindante con nuestro jardín, y he dado gracias a Dios. Para ir al templo, hay que atravesar el cementerio. He visto en él una fosa abierta, que me ha hecho pensar mucho en lo efímero de nuestra existencia. Mientras yo estaba contemplando la fosa se ha verificado el entierro. He presenciado una escena por demás conmovedora.
La hija del hombre muerto, linda joven de unos dieciséis años, se ha desmayado al ver caer la primera porción de tierra sobre el ataúd que encerraba el cadáver de su padre. Yo la he auxiliado con un frasquito de sales y ha vuelto en sí; después me la he llevado a mi casa, donde se ha reanimado un poco después de haber tomado unos bizcochos y algo de vino. Lo que más le ha consolado ha sido el ver que yo lloraba también, y que mis hijos, al verme llorar a mí, lloraban igualmente. Aquel padre ha sido llorado por quien ni de nombre le conocía, mientras su hija balbuceaba algunas palabras que partían el corazón. ¡Pobre hija!
Las gentes del campo se admiran cuando ven que comparten con ellos los sufrimientos personas que por su posición ellos creen de naturaleza diferente.
Ya era de noche cuando acompañamos a la joven hasta su casa. En la puerta estaban sus hermanitos, que al verla le preguntaban si su padre volvería más tarde. ¡Inocentes criaturas!...
Este suceso ha hecho que mis hijas comprendan lo que son estas eternas separaciones de familia que la muerte produce, y que ellas habrán de sufrir tarde o temprano. A los niños no se les debe ocultar estas tristes escenas de la vida. Antes por el contrario, hay que hacer por que las vean. ¿Aprender a sufrir no es, pues, aprender a vivir?
XXVIII
3 de julio de 1801.
Hoy he subido a los altos del castillo con el objeto de hacer una visita a una anciana soltera de ochenta años, que vive gracias a una corta pensión que le han dejado y a haberle cedido, sin pagar retribución alguna, una pequeña habitación bajo el tejado del edificio. Vive en compañía únicamente de una gallina dócil como un perro. Esta viejecita se llama la señorita Felicidad. Sus cabellos blancos como el copo de su rueca y su blanca sonrisa, indican que debió ser en otro tiempo una mujer hermosa. A pesar de las incomodidades que su estancia en el castillo nos pudiera causar, he podido con seguir de mi esposo que continúe en su vivienda, porque son muy peligrosos los traslados de las plantas cuando llegan a ser viejas. A cierta edad, una habitación es un mundo, y el objeto más insignificante es un recuerdo querido que llega a formar parte de nuestro mismo ser. He encargado a Juanita, la esposa de nuestro mayordomo, que la visite y la sirva siempre que se le ofrezca. Esta mujer, que ha servido muchos años en el castillo, sabe todas las historias referentes a él; es muy agradable saber quiénes han vivido y ocupado nuestra casa antes que nosotros.
Algún día, seguramente se hablará de mí como hoy se habla de otros. ¡Acaso este día no está lejano!