10 de julio.

Ayer me dijeron que una pobre mujer carecía de pan y que tenía muchos hijos que alimentar. En seguida me fui a visitarla, pero había muchas personas en la casa y no me atreví a socorrerla por temor a que se creyera que ejercía la caridad con ostentación. Volví a casa con la intención de mandarle alguna cosa; se hizo tarde, y no me atreví a mandar a los criados. ¡Acaso la pobre mujer habrá pasado la noche sin alimentarse ni alimentar a sus hijos! Confieso que he obrado mal, y al amanecer, he corrido a casa de la pobre mujer y la he socorrido. Nadie debe avergonzarse de hacer el bien, cuando en el mundo se hace tanto mal. He resuelto no caer jamás en esta debilidad.

XXXI

14 de julio.

Este día lo he pasado muy apaciblemente. ¡Quiera Dios que lo hayan pasado así todas las personas que conozco!

Continuamente pienso en mi marido: hoy debe estar con mi hijo Alfonso en Lyón. ¡Cuánto me gustaría estar con ellos!

Seguramente que lo habrá sacado del colegio.

Por la mañana, he recibido carta de mi madre, que continúa en Alemania y sigue bien: esto me ha causado una alegría inmensa.

Esta mañana he leído en un libro de Mme. de Genlis: en él se hace una descripción de la vida de los frailes de la Trapa, que me ha impresionado mucho. También me ha sorprendido el leer que estos hombres no encuentran en este mundo, donde viven en las mayores privaciones, un solo punto de desgracia, y ven con gusto aproximarse la muerte. Esto me acaba de convencer de que la felicidad no se encuentra en los mundanales placeres, y sí en el cumplimiento del deber, por penoso que éste sea. Cuando se ha empleado el tiempo en terminar un trabajo cualquiera, se encuentra uno contento, y dentro de las leyes de actividad impuestas por Dios mismo.

El que esté bien convencido de esta verdad, y se deje sin resistencia conducir tranquilamente por las circunstancias y por las personas que tienen derecho a gobernarnos, será más feliz, como yo lo soy desde que me he amoldado a esta manera de ser.