En algún tiempo tuve yo la pretensión de subordinar todo a mi única voluntad, y siempre estaba inquieta: después he reconocido que si mis deseos se hubiesen cumplido, casi siempre eran en perjuicio mío. Hoy vivo completamente entregada a la infinita y soberana sabiduría, y me siento mejor física y moralmente. ¡Bendito sea Dios! El es el único sabio. El únicamente debe gobernar el mundo.
XXXII
19 de julio.
Ha llegado mi marido, y hemos salido con nuestros hijos a dar un paseo por las altas montañas, que parece como si crecieran impulsadas por la poderosa mano de Dios; están pobladas de hayas, abetos y retama, cuyas amarillentas flores aseméjanse a láminas doradas sobre un fondo verde: de trecho en trecho hay grandes matorrales entre hierbas, sobre los que se distinguen algunos carneros; a cada momento se encuentran lindas cascadas que se desprenden de lo alto de las rocas y serpentean sus aguas por entre las hojas y los abetos más verdes que los otros por la continua humedad que reciben. Este grandioso espectáculo expresa el sentimiento y la grandeza del Creador. Nuestra alma es un espejo viviente donde se reflejan todas estas bellezas, y en cuyo centro está Dios siempre que no permítimos colocar nubes ni sombras sobre la Naturaleza y el espejo.
Desde lo más alto de la montaña pudimos ver el Mont-Blanc y la cordillera de los Alpes cubierta por la nieve: mi marido camina a pie en compañía del guarda, y detrás de nosotros mis hijas, montadas en asnos que unos muchachos conducen del diestro. El dueño de los asnos, nuestro antiguo mayordomo, dirige la expedición. Hemos necesitado más de tres horas para llegar a la cima más alta; yo me había figura que subiríamos en media hora, pero las distancias nos engañan como el tiempo en la vida: aunque el engaño es a la inversa: en la existencia, se nos figura el tiempo largo, y es corto: creemos cortas las distancias y resultan largas.
Todo el día lo hemos pasado corriendo con los niños y sentándonos sobre la hierba. El panorama que se desarrolla a nuestra vista es magnífico: las colinas del Mâconnais, blanqueadas por pueblecitos, desde los cuales llegaba hasta nosotros el sonido lanzado desde sus campanarios. Las praderas interminables del Bresse, parecidas a las de Holanda, que yo conocía por las vistas de ellas que mi hermano me mandaba cuando estuvo en aquel país de secretario de la embajada; y allá a lo lejos el Mont-Blanc, que cambia de aspecto según reciben sus nieves los rayos del sol: blanco, violado, negruzco; imitando a un hierro que se colora de rojo o se ennegrece al fuego de la fragua y según las operaciones que el obrero realiza con él.
Hemos tendido sobre la hierba nuestros manteles, y comido juntos, los pastores, nuestros criados y nosotros. Terminada la comida, hemos vuelto a montar en nuestros borriquillos y empezado el descenso de la montaña por diferente camino del que habíamos ascendido, el cual está rodeado de avellanos campestres.
La algazara de los niños, el ruido que hacen las cabalgaduras al caminar por entre los guijarros de la sierra, el canto de los mirlos, las detonaciones que producen los escopetazos que mi marido y el guarda tiran a las perdices, forman, en conjunto, un ruido semejante al de una caravana a la llegada al oasis. Los pastorcillos debieron tener miedo al sentir aquel ruido, porque al llegar a un pequeño claro que forman los árboles en la falda del monte, encontramos una pequeña manada de corderos y cabras sin pastor y bajo la única vigilancia de dos grandes perros negros, que, al vernos, ladraban con fuerza.
Algo más lejos, observamos las cenizas humeantes de una hoguera entre dos grandes piedras. Junto al fuego había unos zuecos de madera. Desde luego comprendimos que los partorcillos guardianes de los corderos debían de estar cerca de nosotros, y que al ruido de las voces y de los tiros se habrían escondido entre las matas cercanas sin tiempo para recoger el calzado. Tuve entonces una idea que fue muy del agrado de mis niños. Junto a las cenizas de la hoguera apagada, nos detuvimos un momento, y mi marido colocó dentro de cada uno de los zuecos doce sueldos, y mis hijas un puñado de confites que habían guardado para merendar. Hecho esto, emprendimos de nuevo la marcha, gozando en la alegría que los pequeños pastores habían de experimentar, cuando después de haber pasado nosotros salieran de su escondite recelosos e ignorantes de lo ocurrido, y se encontraran con la sorpresa que les habíamos preparado. Seguramente que ellos creerían que las hadas de la montaña les habrían hecho aquel regalo, escondiéndose después entre las sombras del bosque donde ellas viven.
Habíamos caminado un buen rato, cuando oímos el eco de repetidas risotadas y alegres exclamaciones. Eran los pastorcillos que discutían entre el estupor que el hallazgo les hubo causado y la natural alegría que había producido en ellos tan inesperado acontecimiento.