Como habíamos previsto, atribuyeron el hecho a las hadas del bosque, pero al contar a sus padres lo ocurrido, éstos le indicaron la verdad del suceso, que bien pronto adivinaron; tanto es así, que al día siguiente nos pagaron la sorpresa con otra sorpresa, pero de un modo muy delicado, según acostumbran aquellos buenos campesinos.

Cuando un criado abrió la puerta de la casa que da a un patio abierto, se encontró cuatro cestitas de junco llenas de quesos, panecillos de manteca hechos en forma de zuecos y avellanas. Los pastorcillos que habían dejado allí aquellos regalos, se escondieron y pudieron oír también nuestras exclamaciones de asombro; misterio por misterio, ofrenda por ofrenda.

Esta delicadeza de los campesinos nos encantó; no hemos sabido jamás a qué choza pertenecían los autores del anónimo presente.

Aquellos cambios de atención entre los pobres campesinos y nosotros los ricos, según ellos nos llaman, son muy convenientes y ayudan a formar el corazón de nuestros pequeñuelos, enterneciéndolo de tal suerte, que no puedan los años y las vicisitudes de la vida endurecerlo.

XXXIII

22 de julio.

Hemos vuelto de nuevo a Milly, nuestra morada antigua.

Estoy muy lejos de la iglesia y lo siento; pero rezaré con igual fervor que en el templo, dentro de mi casa; Dios acoge la oración que se le dirige con fervor, proceda de donde quiera que sea: rezaré también en el campo. ¡Qué hermoso templo el de la Naturaleza!

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Aquí hay muchos detalles exclusivamente domésticos que continúan el diario hasta el día 30. Después sigue de este modo: