30 de julio.

A las diez de la mañana de ayer salimos de Milly para Changrenon, donde vamos a pasar el día con los señores Rambuteau, nuestros vecinos. El señor Rambuteau (hijo) es un joven muy simpático, noble, distinguido, de un trato social muy fino y franco a la vez. La señorita de Rambuteau es hermosísima, y bien quisiera yo que mis hijas se le pareciesen. Esta joven es aquella célebre Madame de Mesgrigny, tan admirada por su belleza en la corte de Napoleón.

Hemos sido obsequiados en casa de estos señores, entre otras cosas, con la ejecución de algunas piezas musicales cantadas al piano con una maestría incomparable por la señorita y su maestro: este profesor tiene una preciosa voz de bajo y se llama Brevaí, quien no desperdicia ocasión para educar a su discípula; ella, en cambio, hace honor a su maestro, pero la palidez de su rostro indica que debe fatigarse demasiado en el estudio.

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A la vuelta de Changrenon me encuentro con una carta de mi hermana en la cual me da noticias de mi hijo Alfonso, muy satisfactorias por cierto. Me participa también que uno de sus arrendatarios de Vaux, a quien durante la Revolución le había arrendado las tierras, le ha entregado cuatro mil pesos, después de haber reconocido por sí propio que lo que pagaba no era justo: además, se ha comprometido a pagarle por espacio de veinte años una asignación en frutos de la cosecha. De estos raros ejemplos de honradez y probidad debemos conservar eterno recuerdo.

¡Si todos imitáramos al arrendatario de mi hermana, cuán felices fuéramos en el mundo!

XXXIV

31 de julio.

El día de hoy ha sido funesto para nosotros; una tempestad de granizo ha destruido nuestros viñedos. Esto es más sensible, por cuanto las cepas están cargadas de racimos que han sido destrozados por el furioso vendaval y el granizo que despedía a su paso. Estoy muy triste; pues que además de haber perjudicado nuestro pequeño bienestar, los pobres viñadores de la comarca quedan en la miseria. El sentimiento que en estos momentos agobia mi alma, indica que aun a pesar mío, estoy adherida a las cosas mundanas; creía que las cosas terrenas me eran indiferentes, y observo que al menor contratiempo sucumbo. ¡Oh, Dios mío! Que llegue con vuestra ayuda a comprender lo pasajero e insignificante de este mundo y lo eterno de los bienes del cielo.

XXXV