XXXVI
2 de septiembre de 1801.
Estoy enferma de inquietud y sobresalto. Ayer fuimos otra vez castigados por una horrorosa tempestad que ha acabado de destruir nuestras cosechas. Se presentaba un año muy bueno, y apenas nos quedará para vivir y dar de comer a las pobres familias de nuestros trabajadores. Semejante desgracia nos obliga a hacer mayores economías. El proyecto que teníamos hecho de ir este verano a Mâcón con nuestras niñas, se ha frustrado y no sería extraño que hubiéramos de vender nuestro caballo y también el coche.
Si Dios lo quiere así, paciencia; yo procuraré consolarme en mis desgracias, y no teniendo que agradecer nada a este mundo, tendré a él menos afición.
Nada endurece, nada ilusiona tanto como la prosperidad; y lo que a la Naturaleza parece duro, es, acaso, una de las mayores gracias de Dios, que deseando atraernos al verdadero bien, nos priva de todo aquello que sólo es polvo. Si ayer me hubiera hecho estas reflexiones, hubiera sido mejor: me considero, por tanto, culpable de esta falta.
Cuando nos ocurre alguna desgracia, mi marido sufre mucho en el acto, pero después tiene más valor que yo. Esta mañana me decía: «Siempre que ni tú ni mis hijos me falten de este mundo, lo demás poco me importa; mis bienes y mi felicidad están en vuestros corazones.» Después ha rezado conmigo mientras la tempestad bramaba furiosa y rompía las ramas de los árboles. Los pobres aldeanos lloraban en el patio al ver la catástrofe.
He leído esta noche Un viaje a los Pirineos, por M. Dusaux. La lectura de este libro me ha interesado mucho, porque precisamente fue escrito en el año 1788, época en que yo debí, en compañía de mi madre, haber hecho un viaje por aquellos lugares; con bastante disgusto mío, hubimos de detenernos en casa de unos parientes que teníamos en Limoges, que tenían unas posesiones a seis leguas de la ciudad; pasamos allí una temporada; llegó la primavera y con ella la noticia de que la duquesa de Orleans necesitaba de la compañía y los consejos de mi madre, pues la Revolución había empezado en París. ¡Lástima grande haberme perdido este viaje a los Pirineos! Esos montes, esos valles, que yo conozco y que nacieron al mismo tiempo que las grandes obras de la creación, deben encerrar grandes maravillas, y las personas sentirán al verlos la aproximación del infinito.
Durante las noches clarísimas, cuando el firmamento aparece cubierto de estrellas y pretendo contar uno por uno aquellos mundos de luz más grandes que el Sol y la Tierra, me consuelo ante aquellas miriadas de mundos de no haber podido visitar las pequeñas porciones de tierra que se llaman los Pirineos, o las insignificantes gotas de agua del Océano.
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Hoy hace veinticuatro años que comulgué por vez primera. ¡Cómo se aleja la existencia! Sólo es un sueño la vida, ¡Dios mío! Dadme el sueño tan doloroso como queráis, pero concededme un buen despertar.