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Al fin, aunque algo tarde, ya ha llegado.
He rogado a Dios en el oratorio de las señoras Forcard, religiosas exclaustradas que han hecho de su casa un convento. He calmado mi ansiedad al pie de los altares.
Mi Alfonso ha llegado muy bien.
Yo creo que no ha perdido la piedad que yo he procurado comunicarle; esto me causa mucho temor.
XXXIX
23 de septiembre.
Hoy ha comido con nosotros M. Blondel, antiguo amigo nuestro. En la mesa hemos hablado (tal vez demasiado) de Alfonso. Hemos leído algunos de sus escritos y una composición poética que hizo por encargo de su padre, habiendo quedado todos muy satisfechos y particularmente yo, de las condiciones y el talento que parece poseer mi hijo. Acaso sean estos pensamientos únicamente dictados por el amor de una madre, que siempre ve en sus hijos agrandadas sus buenas cualidades y empequeñecidas las malas.
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Sigue el diario conteniendo detalles minuciosos y demasiado íntimos que se relacionan únicamente con la vida doméstica.